viernes, 30 de noviembre de 2012

Como para no perder la costumbre

Yo en una época pensaba que mi torpeza podía ser un defecto superable. En los últimos meses descubrí que lo mío no tiene vuelta atrás, siempre voy a ser un ser sumamente ridículo. Repasemos los hechos destacables del último tiempo para fundamentar mi tesis. Todas las situaciones ocurrieron en mi oficina, desde ya.

-toma 1:  se me cae la birome. Digo "uy que fiaca levantarme de la silla para agacharme a agarrarla". Solución: estirarme desde la silla hacia el piso para levantarla. Nótese, era una silla con rueditas. Conclusión: en pleno esfuerzo la silla se corre para atrás y me caigo al piso.  Obviamente un compañero me vio.
-toma 2: un compañero me regala un café, o sea, vasito de plástico en mi escritorio. CRASO ERROR. Obviamente, en un momento me levanto enfáticamente y agarro algo.  En ese movimiento vuelco todo el café encima mío, esto es, en mi remera blanca y en mis pantalones (oscuros, por suerte). Por supuesto que esto fue a la mañana por lo que me esperaba un día completo de tener la ropa sucia. Para peor, fue un jueves, día que curso hasta las nueve (voy a la facultad directo desde el trabajo).  El efecto colateral, además, fue tener que estar todo el día con suetercito para que no se viera la tremenda mancha marrón en mi remera.
-toma 3: jueves otra vez. Me dije "esta vez minga que me pasa lo mismo" y tuve un cuidado excesivo con mi café. Pero claro, no contaba con mi pelotudez nata. Estoy almorzando en mi escritorio y no me percato de que el plato queda un poco fuera del escritorio. Pasó lo obvio, hice presión del lado que no estaba apoyado y el plato cayó encima de mi remera y pantalón. Otra vez remera blanca, sí.  Es necesario destacar que recién empezaba a comer, por lo tanto el plato estaba lleno y encima era bife con tomate. Esta vez era insalvable asique tuve que volver a casa a cambiarme para poder ir a la facultad. Fue uno de esos momentos en los que te das cuenta que perdiste la poca, mínima, dignidad que aún te quedaba.

Lo positivo fue que de las situaciones dos y tres no hubo testigos, milagrosamente en esos momentos había poca gente o nadie estaba atento.


Por supuesto que el jueves siguiente, completamente resignada frente a mi discapacidad motriz, decidí llevar una remera de repuesto para cambiarme. Ni necesito decir que ese día no me pasó nada ¿no?





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