martes, 8 de marzo de 2016

Días que todavía son necesarios

Ayer, 7 de marzo se celebró el día de la visibilidad lésbica. Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer.  Los menciono juntos un poco por algo tan simple como su proximidad en el calendario y otro poco por su obvia relación. Las lesbianas, evidentemente, son mujeres y, como tales, son víctimas de una doble estigmatización-así como doble fue la estigmatización de la que fue víctima en los medios Melina Romero, por mujer y pobre. Son mujeres pero además se enamoran y tienen relaciones con otras mujeres. El horror mismo para el machismo y el patriarcado. Mujeres que -¡encima!- no necesitan a los hombres ni para tener sexo. De más está decir que, en realidad, ninguna mujer necesita a un hombre. 
El día de la visibilidad lésbica se celebra el siete de marzo porque un día como ese, pero en 2010, Pepa Gaitán fue asesinada por el padrastro de su pareja, Dayana Sánchez. El día de la mujer se celebra el ocho de marzo porque un día como ese, pero en 1908, 40 mil costureras industriales iniciaron una huelga demandando el derecho de unirse a los sindicatos por mejores salarios, reclamando la reducción de la jornada laboral (a 10 horas), salario igual al de los hombres (igual remuneración por igual tarea) y mejora en la higiene. Ciento treinta de estas costureras eran trabajadoras de la fábrica Cotton de Nueva York, donde realizaron la medida de fuerza con permanencia en el lugar de trabajo. El dueño, muy amablemente, ordenó cerrar las puertas y comenzar un incendio para disuadirlas. El resultado fue las trabajadoras murieron dentro de la fábrica. 
Hoy, en 2016, parece ridículo tener que seguir pidiendo equidad y respeto, parece ridículo tener que explicar el porqué de estas fechas "especiales". En relación a esto último hoy, en mi cuenta de facebook, comenté que a ver si logramos llegar a mañana sin el típico comentario idiota de que no existe un día del hombre o, al menos, que no se celebra. Inmediatamente varias personas me comentaron que ya habían oído cosas del estilo. Un compañero de trabajo, se ve que muy progresista, de una amiga dijo que "las mujeres necesitan ser reconocidas todo el tiempo". Se ve que el muchacho no se enteró que hace pocos días se dio a conocer la noticia de las dos chicas asesinadas -esas que, según algunos, "viajaban solas"- en Ecuador. Se ve que el muchacho no conoce la cantidad de mujeres que son asesinadas, golpeadas, violadas, justamente, por ser mujeres. Se ve que él, como muchos, no entienden que preferiríamos que estas fechas no fueran necesarias, o que fueran una conmemoración de un hecho lamentable que sucedió hace mucho tiempo pero que hoy en día ya no ocurre. Pero sucede, sucede que no podemos viajar solas sin miedo, sucede no podemos darnos el lujo de irnos y desconectar nuestros celulares porque se vuelve necesario avisar que estamos lejos pero seguimos vivas y bien, sucede que aún hoy, hay diferencias salariales entre hombres y mujeres, sucede que, aún hoy, mujeres son menos tenidas en cuenta para puestos laborales que hombres porque ellos no van a requerir licencias extensas de embarazo. Suceden tantas cosas que es difícil listarlas. Sucede que hoy, en nuestro país o en otro, tenemos miedo de que nos violen y nos maten. Y ese es un miedo que los hombres no conocen. No conocen lo que es crecer sintiendo el acoso, el comentario que agrede, el grito por la calle que te da asco, no saben lo que es ser adolescente y sentirse indefensa frente a un hombre adulto que se cree con más derechos de los que le corresponden. Así como un heterosexual no conoce la discriminación y el rechazo por el simple hecho de su sexualidad, por el sencillo hecho de querer a alguien, de enamorarse de otra persona, esa que no era la que todos esperaban. Porque existen diferencias injustas, porque existe el machismo, porque, sí, vivimos en una sociedad falocéntrica que objetualiza a las mujeres, que dice cuándo está bien que se muestren en bolas y cuándo no, cuándo está bien que se acuesten con otras mujeres y cuándo no -porque sólo es aceptable siempre y cuando sea para el disfrute del hombre-, que todavía sostiene estereotipos ridículos publicitarios en los que la mujer vive y se desvive por la limpieza de su casa, por tantas cosas, es que todavía hace falta seguir luchando cada día y, además, reivindicar estas fechas.  
Esperemos que en algún momento no sea necesario pedir menos violencia ni más equidad. Esperemos que en algún momento la tengamos y todos estén de acuerdo con eso. 

domingo, 31 de enero de 2016

Paralelos



Sabía que estaba en algún rincón de la comisaría, en ese mismo cuarto inmundo y frío de la otra vez. Lo habían agarrado en la puerta su casa y lo habían metido en un patrullero. Nadie en ningún momento le había pedido los datos. Sabía, entonces, que estaba jugado. En realidad lo sabía desde bastante antes, lo supo después de que lo paró la cana y lo mandaron a vender. Lo sabía desde que dijo que no y a la semana siguiente lo levantaron y lo cagaron bien a trompadas. Pero también sabía que no iba a ser él el encargado de su mierda, si querían la guita que se fueran a vender ellos, manga de ladris. 

Entró un policía y él dijo “dejame salir, cobani”. Por respuesta obtuvo una risa sarcástica y un “qué negrito pelotudo, de acá vas a salir a laburar para nosotros o no vas a salir”. Juan calló, como solía hacer, como estaba acostumbrado a hacer. “No te hagas el gil, que seguro te la debés pasar choreando, vos”. A Juan se le llenaron los ojos de lágrimas pero hizo todo lo posible para que no se le notara y sólo soltó, después de unos segundos, “yo no robo”. El cabo primero de la comisaría segunda de Lomas del Mirador se cagó de risa y volvió a salir. Al rato, Juan perdió la noción de cuánto, volvió a entrar con un compañero y empezaron a pegarle, como una semana atrás. Como una semana atrás volvió a gritar pero nadie lo ayudó. “Te lo digo por última vez, pibe, hacenos caso o sos boleta”. Juan, como solía hacer, como estaba acostumbrado a hacer, calló. El cabo primero sacó un arma y apuntó a la cara de Juan.

De repente, cuando pensaba que ya estaba en las últimas, entró el sargento y dijo que lo soltaran. Lo metieron de vuelta en el patrullero y lo tiraron en el medio de la nada. Juan tardó cinco horas pero logró volver a su casa, donde encontró a su vieja y a su hermana desesperadas. Cuando lo vieron sangrando fue peor, él les contó todo pero les dijo que lo mejor iba a ser no hablar ni denunciar nada porque, al fin y al cabo, ¿quién le iba a creer a un negrito con pinta de pibe chorro?. Juan no entendió nunca qué habría pasado, pero tampoco importó, por alguna razón estaba vivo y afuera. Al día siguiente decidieron mudarse y Juan empezó la facultad. Desde que su hermana había arrancado era algo que quería pero pensaba que no era lo suficientemente inteligente para manejar. Y resultó que le iba bastante bien. Dejó de pensar que por alguna razón merecía el maltrato de otros, dejó de pensar que estaba bien que lo ningunearan. Ya no se sentía menos. 

Extrañaba el barrio y cada tanto se daba una vuelta para ver a los pibes, aunque trataba de no hacerlo mucho, no fuera cosa de tentar a la suerte.Sus amigos le decían que a lo mejor para ellos también había un lugar en la universidad y él les decía que sí, que claro, que cómo no, que si él podía ellos también. 

Con los años el recuerdo de aquellas noches en la comisaría se fue borrando y él casi sentía que eran parte de otra vida, una bastante infeliz. Ahora era otro, uno que siempre iba a saber de dónde había salido, uno que nunca iba a sentir vergüenza de ser morocho pero uno que podía sentirse tranquilo de caminar por donde quisiera, uno que ya no le tenía miedo a la yuta. Una realidad, ahora, que un poco le recordaba cuando era chico, cuando no existía el temor, la desilusión, cuando no existía la violencia -al menos en su conciencia- y todo era posibilidad. Ahora, aún cuando ya era adulto, todo volvía a ser posibilidad. 


“Mirame, pendejo, quiero que veas cuando te raje un tiro en medio de la jeta”. Juan abrió los ojos y el cabo primero disparó.

martes, 4 de agosto de 2015

Boludismo amoroso

Todos lo sabemos, las relaciones tienen momentos. Probablemente el más emocionante (no necesariamente el mejor) sea el primero, es decir, los meses iniciales. Esa etapa en la que cogés veintitrés veces al día y te querés ver todo el tiempo. Lógicamente es una etapa de poca productividad en otras áreas. Si estás con tu significant other imposible ver una película entera, leer o cuestiones similares. Ni hablemos estudiar. Si no estás con él/ella, un poco parecido, porque aunque no interrumpas tu actividad con los irrefrenables impulsos sexuales que motiva la cercanía corporal del otro, entrás en un estado de pelotudez aguda mental que, por lo general, se evidencia en pensamientos del tipo "ay qué linda que es". Por lo general éstos, a su vez, son plasmados vía la tecnología en una sucesión de mensajes. Como la boludez en estas etapas es mutua se dan conversaciones del tipo "linda", "vos", "no, vos", "hermosa", "vos", "no, vos", "sos tan linda", "vos sos linda", "vos más", "me encantás" y así eternamente. Todo esto acompañado de una sonrisa de oreja a oreja que te da bastante cara de especial, porque es un poco expresión de "me acabo de tomar un miorelajante mientras observo pandas comer bambú".
Peligroso tener este tipo de intercambios por la calle pues es bien sabido que la atención se ve altamente afectada. Mejor hacerlo en la seguridad de tu hogar, porque sino podés terminar debajo de algún vehículo. Eso sí, con expresión de felicidad.

lunes, 20 de julio de 2015

El flagelo del cliché


Si hay algo que odio es volverme un cliché absoluto. Eso es precisamente lo que me sucede cuando se avecina ese encantador momento en el ciclo menstrual femenino que hemos dado en llamar, para tratar de no horrorizar al prójimo masculino -que, como ya sabemos, muy a nuestro pesar, es quién establece qué es aceptable mencionar y qué no-, de "indisponerse". Esos maravillosos días previos me sucede el flagelo de querer bajarme treinta y trés paquetes de óreos, diez de chocolate águila, cuarenta y cinco alfajores (pueden ser pepitos o milka mousse, por ejemplo)...bueno, captan la idea. Básicamente te cuidás de comer mierda todo el mes para, en el lapso de tres días, bajarte un kiosco entero. Este mes decidí no andarme con chiquitas y directamente comprarme una caja de alfajores, para qué mentirnos. Además, cuando te agarra el momento de desesperación es alta patada tener que salir a comprarte algo, ni hablar si es de madrugada. Mejor tener reservas a mano, lo cual también es peligroso porque el tener que salir es un elemento disuasorio, ahora si tenés los alfajores ahí cerquita...pero bueno, al fin y al cabo una se lo merece. Pues bien, éste es sólo uno de los problemas. A la voracidad incontenible hay que sumarle una espantosa hipersensibilidad que nos lleva a pensar pelotudeces del tipo " ya no le gusto más ", " no me escribe hace media hora, ya no me quiere " o asuntos como llorar mirando Buscando a Nemo. Las posibilidades, lamentablemente, son infinitas y, básicamente, todas se reducen a que una pierde completamente el control de sí misma y se vuelve pura pulsión. Estos días, el superyó se toma vacaciones, la tolerancia un poco que también por lo que es muy probable alguna mandada a la mierda, pero te laburan a pleno y sin descanso las ganas de llorar y de comerte los carteles publicitarios de golosinas.
En definitiva, una hace todo lo posible por no caer en los estereotipos pero, ineludiblemente, te alcanzan, a lo que sólo resta asumirlo y decir: que se vaya a cagar la naturaleza. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Los veintis y los treintis

Cuando uno se relaciona con gente muy diferente y de rangos etarios diversos puede poner en práctica las dotes de antropólogo que todos llevamos ahí dentro, escondidas. 
Con el correr de los años he podido verificar que existen notorias diferencias entre los veinteañeros y los treintañeros. Primera y fundamental aclaración: estamos siempre, siempre, refiriéndonos -principalmente en relación a los treintañeros- a seres con la madurez más o menos esperable a su edad. ¿Cómo definimos madurez esperable? Bueno, sencillamente fijándonos con los criterios que suele manejarse gran parte de la población a x edad, ese será el espectro de comportamiento promedio y luego habrá quienes oscilen hacia arriba o hacia abajo (el treintañero que se comporta como adolescente y el veinteañero que se comporta como cuarentón). 
Hete aquí lo que he podido ir desculando del asunto.

A los veintis sucede que uno se preocupa mucho más por cuestiones cuasi insignificantes, por no decir idiotas. Ejemplo: "me clavó un visto". Me refiero al típico lime de "le escribí hace media hora, lo leyó y todavía no me respondió". Porque estamos de acuerdo en que si tu novio/a, chico/a (detesto fuerte eso de reemplazar os y as y con @s o xs) leyó un mensaje tuyo y no te respondió en tres días, asumiendo que no haya tenido alguna clase de accidente, es, como mínimo, molesto. Pero el tema de frikear rápidamente en esos casos es poco frecuente en los treintis. Por otro lado, a los treintis todo es con menos vueltas (en general cuando me refiero a treintis estoy hablando de treintimedios o treintilargos, porque los treinticortos muchas veces se asemejan bastante a los veintis), las personas hacen un poco más lo que les pinta sin estar tan pendientes de qué señal mandará x acción. Pongamos por caso que un/a treintañero/a  tiene un ratito libre entre actividades y quiere pasar a saludar a la persona con la que muy recientemente se está viendo porque anda cerca de la casa. Un veinteañero (me aburrí de poner /a todo el tiempo) no lo haría porque "no da", léase: todavía es pronto y da muy de novio. El treintañero no lo piensa tanto, simplemente lo hace porque le dieron ganas y no implica que te está por pedir casamiento. Tampoco le dan tanta importancia a nimiedades del tipo "dejó el cepillo de dientes en mi casa". Esto lo pude comprobar hace poco. Me olvidé (de verdad fue así, porque me fue sugerido que lo hice adrede y me hice la sota, pero no, yo en estas cosas soy muy treintañera y si hubiera querido dejarlo, sencillamente le habría dicho "che, te dejo el cepillo porque total estoy viniendo seguido y me da paja andar con ésto de acá para allá") el cepillo de dientes en la casa de la persona que vengo frecuentando. Un veinteañero, seguramente, le hubiera dado bastante importancia, para bien o para mal. S., que tiene 35 años, sencillamente dijo: "¿te diste cuenta que te olvidaste el cepillo en casa?", pero eso sí, con un ligero tonito burlón del tipo: "seguramente te vas a querer morir". Además, veo poco probable que un treintañero salga corriendo por algo así, cosa que perfectamente podría suceder con un veinteañero.
Estas cuestiones tienen que ver con una diferencia fundamental entre ambos grupos etarios: cuando tenés veinte hay mucho tiempo por delante, a partir de los treinta te agarra la onda de la cuenta regresiva. Por esta razón, es común que un veinteañero pueda salir con alguien que le da más o menos lo mismo o que sepa que no pasará a mayores, total hay tiempo. Un treintañero no es probable que haga lo propio, a partir de cierta edad se profundiza el "boludeces no", si sale con alguien que no le copa mucho, no lo extenderá en el tiempo, pasará a otra cosa mariposa. Si lo sigue viendo (aunque nadie pueda profetizar lo que sucederá) será porque le interesó y tal vez pueda generarse algo más. Entonces, no va a salir corriendo asustado con cualquier idiotez porque, para este entonces, ya descubrió que las personas con las que uno pega onda y conecta no abundan, no las desperdiciará porque sí (cosa que a los veinte poca gente ha aprendido). 
En un orden menos significativo, tenemos el tipo de conversaciones. A los veintis las charlas con tus amigas sobre chongos son un poco más extensas que a los treinti, tipo "¿qué hicieron?, ¿dónde fueron?, ¿a qué se dedica?, ¿te gustó?,¿está bueno?" y a medida que van pasando los días te vas preguntando las novedades, "¿qué onda con S.?". A los treinti es más escueto, de la misma manera que a los veinti es más escueto lo que uno cuenta que en la adolescencia. Arriesgo una conversación potencial entre treintañeros: "¿todo bien?", "sí", "¿cogieron bien?", "sí". Fin del tema. Algo similar sucede con las etiquetas o categorías vinculares. A los veinti más o menos se sabe que existen las categorías "chongo", "chico" y "novio". Esto tiene que ver con una cuestión temporal y relacional. Por ejemplo, para que alguien califique como chongo tenés que verlo varias veces, pero además hablar algo por whatsapp. Después de unos meses, si la relación trasciende el sexo, es decir que no sólo te ves para coger, pasa a ser "tu chico" hasta que sea tu novio, cosa que ya todos sabemos cómo funciona. Pero además, a los veinti todavía está la cuestión de preguntar cuando querés avanzar a esa etapa vincular de noviazgo. Sin charla previa ninguno se referirá al otro como "novio/a". A los treinti la cosa cambia, todo eso de "chongo", "chico", caduca. Según una treinti informante la cosa va más así: "salí con alguien, me cae bien", "me gusta", "me encanta". Por supuesto, les parece medio ridículo eso de preguntarle al otro si quiere ser su novio, o algo así. 

Seguramente habrá más cosas pero por ahora tengo ésto. Hoy una amiga me dijo "cómo te gustan las viejas, eh". Y sí, lo arriba expuesto es la explicación de porqué sucede eso: menos vueltas, menos boludez y menos planteitos sin sentido. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La otra vida

Hace unos días fui a cenar a un lugar de esos conchetísimos. De más está decir que yo ligué de arriba, porque me codeo con la gente con la que hay que codearse. Lógicamente, no es la "gente bien", porque ésa no querría codearse con esta torta lumpen. Concretamente pasa que tengo una amiga a la que la invitan a comer para que evalúe y como siempre son cenas para dos, a veces me toca garronear a mí. 
En esta oportunidad fuimos uno de esos lugares que son la representación del caretaje. Voy a reservarme el nombre para no ofender. La cuestión es que ni bien entrás es como acceder a un universo paralelo donde vive esa otra gente, esa que te cruzás poco, la gente linda. Antes de ingresar al bar/restorán (porque ni pienso poner restaurante) propiamente dicho, te recibe una señorita muy pipí cucú que te pide el abrigo para guardarlo. RARO. A mí, que te voy a cualquier tugurio, en la puta vida me pidieron el abrigo para guardar gratis en algún lugar. Ni hablar que yo iba con toda la pinta de pseudo chongo y tenía una camperita pulgosa con un buzo debajo. Sí, buzo. Lo mismo tuvieron que recibirme (muy a su pesar, seguramente) la vestimenta. Adentro por supuesto, todos los tipos con camisas entalladas, trajes, algunos tomando whisky, esas cosas. Las minas mucho vestido, por supuesto. Vi dos remeras, una correspondiente a un hombre que curtía onda patova y la otra, como no podía ser de otro modo, a un hipster. 
 Ya sentadas nos dispusimos a elegir primero los tragos y luego la cena. Los primeros andaban por los 150 pesos cada uno, ni quiero pensar lo que sería la comida -cosa que no sabemos porque no figuraban los precios-. Lo mejor fueron las bebidas, me tomé un trago bien emperifolladito que consistía en gin, té de jazmín, pomelo y menta. Muy rico. Como detalle, venía con uno de esos palitos que usan las orientales para atarse el rodete, que no tengo ni la más puta idea de cómo se llaman. 
Ahora bien, al menos en el menú que nos ofrecieron, de entrada había para elegir entre papas rústicas, una suerte de milhojas de papa con unas lonjas de salmón encima o langostinos. Deduzco que lo más interesante hubiera sido pedir los langostinos pero como yo no puedo pasarlos bajo ningún punto de vista, pedimos las papas y el milhojas. A ver, las papas rústicas son la cosa más básica de la existencia, ni siquiera hay que pelarlas. Lavás, cortás y pronto. De platos principales elegimos una brochette de lomo y la "pechuga lemon gin". La primera tiene lindo nombre pero no deja de ser lomo cortado en pedacitos, clavado en un palito, en este caso acompañado de panceta y ciruela. Bueno, a ver, no es la elaboración suprema precisamente. Lo segundo, que suena recontra bacán, consiste en una pechuga grillé (ah, porque claro, no vayan a pedir porciones abundantes porque queda mal, una pechuga, y así como suelen ser, o sea, pequeña) con una salsita que infiero tenía gin y limón, por su nombre. Como podrán apreciar, no era una cosa cuyo gusto resaltara increíblemente, estaba bien pero perfectamente es algo que puedo hacer yo en mi casa. Esto, acompañado de un puré. El quid de la cuestión, como era de esperarse, es la presentación. La pechuguita va arriba de la salsita  dispuesta de forma circular y el puré también con esa misma forma, armado con un molde. Todo esto vino con una canastita de papas rejilla. O sea, muy lindo el nombre pero básicamente lo que comí fue una pechuga grillé con puré que seguramente me le habrían cobrado como una langosta embebida en Johnie Walker blue label mezclado son sales del Mar Muerto. 
De postre comimos (eran las opciones posibles) helado y un postre de oreos. El helado era el mismo que podés comerte en cualquier parrilla y el postre estaba bien aunque bastante empalagoso. Ahora, estamos hablando de dulce de leche, helado de dulce de leche, crema y óreos. Postre cabeza, no jodamos, no es que me trajeron una crème bruleé. Eso sí en copita bien y todo eso. 
Concluyo entonces que la gente de guita es pelotuda y le cabe que le hagan el orto con cualquier cosa. Eso sí, a mí me sentó súper zarparles una cena gratis y que me hayan tenido que atender  cual si fuera la duquesa de Alba.

De vuelta a la realidad, salí y me fui a tomar el bondi para el que, además, tuve que caminar unas cuántas cuadras para evitar el abuso potencial que implicaban las paradas que estaban en las cercanías del nido de chetos- que no tienen esta clase de problemas. 

sábado, 16 de mayo de 2015

El duro oficio de elegir terapeuta

Cuando pegás un buen psicólogo es casi como establecer una relación de pareja. Encontrar al apropiado es prácticamente una cuestión de piel, química. Y cuando surge ese mágico momento en que encontrás al que sentís que te comprende, que podés contarle tus cosas sin sentirte un pelotudo (o por ahí te sentís así pero sabés que igual da decirlo sin problemas) pensás que nunca más vas a encontrar otro con el que te pase lo mismo. Hay un punto, como en toda relación, en el que incluso te preguntás cómo viviste hasta ese momento sin él, cómo hacías para resolver antes tus problemas. Además, en ese estadío de enamoramiento empezás a pensar que es lo más y que no existe nadie como él. El problema viene cuando tu terapeuta no puede atenderte más, porque ahí es prácticamente una ruptura y, así como sentías que no había nadie como él, sentís que nunca más vas a encontrar un terapeuta que se le equipare, o que va a ser muy difícil que te vuelva a pasar algo como lo que te pasó con él. En mi caso, por ejemplo, dejé de atenderme porque en ese momento ya me sentía en condiciones de manejarme por mí misma. Vino justo ya que mi psicóloga se iba a vivir a Córdoba. La crisis llegó ahora, cuando se me presentó la necesidad mental de volver. Sé que hacer terapia me vendría bien pero me parece que si no es con mi psicóloga no tiene sentido. Ni hablar de todo el esfuerzo que supone el sólo hecho de tener que volver a contarle todo a otra persona. Por otra parte, uno ya sabe que volver a encontrar un psicólogo apropiado para sí es como el dating, probar con uno, probar con otro, hasta que aparece the one (hasta no sabemos bien cuándo, como en las relaciones). Y, ¿qué termina haciendo una para resolver su angustia? Llamar a las amigas y zampar un kilo de helado.