sábado, 16 de mayo de 2015

El duro oficio de elegir terapeuta

Cuando pegás un buen psicólogo es casi como establecer una relación de pareja. Encontrar al apropiado es prácticamente una cuestión de piel, química. Y cuando surge ese mágico momento en que encontrás al que sentís que te comprende, que podés contarle tus cosas sin sentirte un pelotudo (o por ahí te sentís así pero sabés que igual da decirlo sin problemas) pensás que nunca más vas a encontrar otro con el que te pase lo mismo. Hay un punto, como en toda relación, en el que incluso te preguntás cómo viviste hasta ese momento sin él, cómo hacías para resolver antes tus problemas. Además, en ese estadío de enamoramiento empezás a pensar que es lo más y que no existe nadie como él. El problema viene cuando tu terapeuta no puede atenderte más, porque ahí es prácticamente una ruptura y, así como sentías que no había nadie como él, sentís que nunca más vas a encontrar un terapeuta que se le equipare, o que va a ser muy difícil que te vuelva a pasar algo como lo que te pasó con él. En mi caso, por ejemplo, dejé de atenderme porque en ese momento ya me sentía en condiciones de manejarme por mí misma. Vino justo ya que mi psicóloga se iba a vivir a Córdoba. La crisis llegó ahora, cuando se me presentó la necesidad mental de volver. Sé que hacer terapia me vendría bien pero me parece que si no es con mi psicóloga no tiene sentido. Ni hablar de todo el esfuerzo que supone el sólo hecho de tener que volver a contarle todo a otra persona. Por otra parte, uno ya sabe que volver a encontrar un psicólogo apropiado para sí es como el dating, probar con uno, probar con otro, hasta que aparece the one (hasta no sabemos bien cuándo, como en las relaciones). Y, ¿qué termina haciendo una para resolver su angustia? Llamar a las amigas y zampar un kilo de helado.