Somos carne de cañón. Somos los que lloramos, somos los que luchamos, somos los que escupimos, somos los que gritamos, somos los que, a veces, también callamos. Somos los que aceptamos hasta que resistimos. Somos la sangre, somos la transpiración, somos el dolor. Arriba, ellos festejan, ellos se ríen, ellos no sufren porque son quienes de todo sacan su tajada. Son ellos los que del hambre sacan provecho, de la esperanza sacan provecho, de la dulce ingenuidad y, a veces, de la obtusa obsecuencia. Y nosotros, de abajo, miramos. Porque seremos nosotros siempre la carne de cañón, los que tengamos que poner cuerpo y alma para hacer resurgir lo marchito, o para evitar el hundimiento total. Seremos nosotros quienes estemos cuando los castillos de arena se derrumben. Ellos ya estarán lejos. Todo para que luego vengan otros a vendernos más discursos de cristal que pretendan adornar la putrefacción reinante y, una vez más, volver a ser carne de cañón. Pero lo seremos dignamente. Porque ellos tendrán todo, pero lo que nunca tendrán, serán nuestros principios.
martes, 20 de enero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
Las ventajas del subdesarrollo
Vivir en un país subdesarrollado tiene sus bemoles pero también nos impone adquirir una serie de habilidades de las que seguramente los civilizados seres habitantes del primer mundo adolecerán. Sí, tenemos villas por todos lados; sí, tenemos más robos; sí, tenemos brechas sociales y económicas enormes; sí, tenemos clases medias que quieren cagar más arriba de sus cabezas; no, no tenemos tampones; ¡pero a que ellos no pueden leer y resumir en uno de nuestros colectivos! ¡JA! El asunto de las extensas distancias que, por lo menos en Buenos Aires, debemos recorrer, sumado al caótico tránsito lento que va emporando con los años genera que debamos desarrollar la adaptablidad necesaria para aprovechar productivamente los trayectos. Hasta acá bien podría no haber tanta diferencia, porque supongo que por ordenaditos que sean, en gran parte de las ciudades primermundistas también habrá alguna saturación. Pero hete aquí que nosotros tenemos el desafío agregado de contar con la delicadeza extraordinaria de conductores que creen que un colectivo es lo mismo que un auto. Frenan como si la inercia no existiera, doblan como si llevaran un vehículo de dos ejes, bueno, todo lo que ya sabemos. Si a eso le sumamos el maravilloso estado del pavimento porteño, hacemos cartón lleno. En estas circunstancias, el mero hecho de no caerse es una ardua tarea solo asimilable a pararse en un samba, pero menos divertido. Ya llegar a destino cuando te toca ir parado es merecedor de alabanzas. Ahora, si uno logra la odisea de viajar sentado, acá viene lo bueno. Si vas a estar un buen ratito, hay que aprovecharlo: o dormís o leés. Me maravilla lo que hemos conseguido, podemos dormir, leer o incluso escribir en un medio que salta, se sacude, frena de golpe, te tira de un lado al otro y que, además, en verano te cagás de calor y en invierno te cagás de frío. Podemos sumarle también, en algunas ocasiones, una buena cumbia proveniente de un celular sin auriculares enchufados.
No jodamos, esto como mínimo nos vuelve dignos de admiración. Que me vengan a hablar de primer mundo, ser grosos es esto.
viernes, 9 de enero de 2015
Lo no convencional
Lo convencional no es para todos y, de la misma manera, lo no convencional es para pocos. La diferencia, por lo general, es que lo no convencional conlleva otro desgaste. La misma palabra lo indica, lo convencional es aceptado, aceptable, es lo que el status quo habilita como "normal" y lo que se sale de ese marco normativo asusta y como asusta, se lo trata de sofocar.
Yo fui poco convencional siempre, y esto no lo digo como un valor en sí mismo (aunque tengo que reconocer que me alegro de ser así y que es algo que valoro en otras personas), para mí sencillamente no es una opción. En ningún momento lo elegí, simplemente sucedió. Al jardín, como buena torta en potencia, me llevaba una pelota, en casa vaciaba cajones y me metía dentro (porqué, nadie sabe), en las fotos nunca una cara normal. A los ocho años decidí que me quería cortar el pelo corto y así lo hice, y me importó un carajo que "las nenas usan el pelo largo". Tal y como dijo mi vieja hace días nomás, siempre fui determinada, siempre. Lo que quise lo hice, y lo que quería por lo general no era lo esperable. De más grande ya, me volví discutidora, contrera, y creo que así seré hasta el último día (por suerte). Afortunadamente tuve unos padres bastante progres que respetaron (con mayor o menor dificultad) cada decisión que tomé, por ridícula que les pareciera, porque ese era mi signo personal y también porque, seguramente, sabían que me daría exactamente igual que no lo respetaran. Lo mismo lo iba a hacer.
Hoy en día, me encuentro en la misma disputa de siempre, entre lo que la sociedad espera y lo que yo deseo y, una vez más, seré consecuente conmigo misma. Porque, al fin y al cabo, ¿qué hizo la sociedad por mí? Nada, sólo estereotiparme, discriminarme, excluirme. Y hasta donde llegué fue por pura fuerza de voluntad. Hace poquito, una amiga me comentaba que cree que éste no es momento para formar una relación, algo así que porque las relaciones, bajo el paradigma existente, se rigen bajo ciertas pautas con las que no concuerda, o no le interesan. Es decir, no comparte el paradigma de pareja que la sociedad, habitualmente, maneja. Si bien, evidentemente, estoy de acuerdo con que es preferible estar sola que circunscribirse a una lógica de relaciones que no comparto, es decir que me parece mejor estar sola que aceptar ciertos marcos normativos que la mayoría de las personas manejan, llego a otra conclusión: creo que otra alternativa es posible (si bien no probable). Supongo, al menos en teoría, que es posible establecer marcos propios y formas propias y si los demás no los comprenden, pues allá ellos. El quid de la cuestión es encontrar esa persona compatible que esté dispuesta a manejarse fuera de lo establecido y a crear una lógica propia y especial. Es algo harto difícil (y seguramente harto improbable), sin lugar a dudas, pero no imposible. Prueba cabal de ellos somos nosotras dos que, básicamente y hablando mal y pronto, nos cagamos en lo que los demás opinan y hacemos nuestras propias no-normas. Esperemos no ser las únicas.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Indiferencia es complicidad
Hay quienes dicen que soy demasiado sensible, algunos como crítica, otros como virtud. Como todo en la vida, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. ¿Qué pienso yo? Que a veces, muy frecuentemente, es desgastante pero, en el fondo, agradezco ser así. Lo agradezco porque me permite no ser indiferente, porque me hace no quedarme callada frente a lo que veo alrededor, mal que, desgraciadamente, abunda en nuestras preciadas sociedades individualistas. Veo con tristeza como a mucha gente no le importa absolutamente nada de lo que no le afecta directamente. Veo como muchos miran para otro lado.
Desde México nos llega la triste noticia de la desaparición de 43 estudiantes, que se suma a la desaparición de tantos más y muchos ni se inmutan. Aparecen a cada rato fosas comunes llenas de personas, sí, personas que ahora son cadáveres, muchos de los cuales ni siquiera serán identificados. Pensamos en el indiscutible horror de la Segunda Guerra Mundial (así, con mayúsculas) pero de esto, ni mu.
Asisto, con la más profunda de las angustias, con la incontenible bronca que me rebalsa, a la noticia de la
Ya lo dijo Bretch:
aparición del cuerpo sin vida de Luciano Arruga enterrado impunemente como NN y que ahora nos pretenden hacer creer que su fallecimiento fue, pura y exclusivamente, culpa de un accidente vial. Con un escalofrío que me recorre desde el talón a la nuca, leo sobre la aparición del cuerpo, también sin vida, de Franco Casco, flotando en el Río Paraná, de cuya desaparición tantos ni siquiera estarán enterados. Estos hechos horribles (y cuántos más habrá que no logran superar el cerco mediático) no pueden más que recordarme a los más oscuros años de nuestro país, a esas terribles prácticas que tantos compañeros lucharon por erradicar y que, desgraciadamente, no consiguieron. Sí consiguieron, felizmente, que no sea en la brutal cantidad que antes ocurría. Pero aún hoy, somos víctimas de la mafia policial que opera bajo la más absoluta impunidad. ¿Y cómo podría eso no causarme la tristeza que me causa? Hoy veo como a muchos les importa más irse de joda, comprar compulsivamente, estar tranquilos en el mundo de la indiferencia. Porque no, no digo que todos seamos mártires. Todos merecemos disfrutar pero podemos encontrar un punto medio en el cual no sólo nos preocupemos por nosotros. Porque a veces, el silencio es complicidad, porque las cosas no cambian solas. Porque no sólo hay que quejarse y gritar cuando nos tocan a nosotros, por fácil que parezca achacar todos los males de nuestra sociedad a "los negros de mierda". Porque para eso sí se escucha a algunos, sólo para eso, para quejarse de los robos, jamás para quejarse de las instituciones (o sí cuando se trata de la puerta giratoria de las comisarías), porque más fácil es individualizar el conflicto. Más fácil es comerse el verso de que la culpa la tienen lo extranjeros, y que todo se resolverá deportándolos. Mientras, la mafia crece, mientras, el poder crece en la más absoluta desidia social, porque cada vez que miramos para otro lado y callamos, cada vez que sólo nos miramos el ombligo, los responsables políticos por la miseria y la pobreza se enriquecen y se ríen de cómo lograron desviar el eje del problema. Cada vez que ignoramos lo que le pasa a los pibes como Luciano y Franco, que no pudieron comprarse un lugar en el
discurso de la clase media por ser pobres, dejamos que todo empeore. Lamento la indignación que escucho en algunos frente a la "inseguridad", concepto completamente arraigado (gracias al poder mediático) a los robos y muertes cuando "la gente bien" es afectada. Porque nunca se habla de inseguridad cuando los pibes desaparecen en manos de la policía, porque no es inseguridad cuando ellos son torturados, porque no es inseguridad cuando los pobres mueren bajo las manos sucias de los narcos y transas. No, la inseguridad es para la clase media/alta blanca. Esa indignación no aparece frente a las tristes noticias que recibimos en las últimas semanas, porque algunos sólo se preocupan frente a sus cosas y, como no son ni morochos ni pobres, jamás deberán enfrentar a la policía ni a la estigmatización mediática y social. Se indignan frente a la "inseguridad" sólo porque a ellos puede tocarles.
Así que agradezco ser sensible, agradezco a mis viejos que con paciencia y constancia me enseñaron que cuando hay quienes no tienen voz, nosotros debemos hablar por ellos.
"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por los estudiantes, y yo no me preocupe, pues era parte del sistema.
Luego vinieron por los periodistas, y yo me quedé callado, pues no me interesaba enterarme de nada.
Luego vinieron por los homosexuales y yo ni siquiera quise enterarme, pues soy heterosexual.
Luego vinieron por los negros, pero como soy blanco, tampoco hice nada.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie al que le importara ni que quisiera hacer nada por mí."
lunes, 20 de octubre de 2014
El mundo del revés
El mundo del revés no es aquel en el que los peces vuelan, no es aquel en el los gatos dicen yes, no es aquel que desafía las leyes de la física (lamentablemente), no es aquel en el que dos y dos son tres. En el mundo del revés dos y dos son cuatro y tener plata es lo que importa. En el mundo del revés importa más lo individual que lo colectivo, cada uno cuida su ranchito y sólo protesta cuando le tocan lo suyo. En el mundo del revés el que no enloquece por comprar ropa nueva es raro, el que no quiere gastar cuatro lucas en un celular es raro, es más, es rata. En el mundo del revés el que elige no tomarse un taxi, aunque lo pueda pagar, y usar el transporte público es raro y rata. En el mundo del revés tener una relación abierta es extrañísimo, es amoral, pero mentirle a tu pareja es lo lógico y natural. En el mundo del revés ser gay es amoral pero discriminar es natural. En el mundo del revés la sinceridad no importa, la honestidad no importa, la integridad no importa, la humildad no importa. En el mundo del revés importa el consumo, importa el ego, importa la comodidad. El mundo del revés es aquel de la extrañeza para con el otro, es aquel del prejuicio. ¿En qué momento nos pareció que esto era lo lógico?
Yo, claro está, no querría un mundo del derecho, porque qué horror sería eso, pero quisiera un mundo sin lados, sin normales y sin raros, sin correctos e incorrectos. Mejor sería un mundo sin formas establecidas, sin imposiciones incuestionables. Y lo que nos toca a los que percibimos la hipocresía del mundo en que vivimos es subvertir el derecho y el revés para, de una vez por todas, crear nuestras propias normas.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Patriarcalismo y patetismo
En los últimos días nos topamos una vez más con una noticia escabrosa: la muerte de Melina Romero. El caso ya tomó público conocimiento y no es mi intención ahondar en los horrorosos detalles del crimen sino reflexionar sobre algunos puntos de la cuestión, como-por suerte- ya lo han hecho otros. Cito una frase por demás acertada del ensayo que se publicó en la Revista Anfibia: "vivimos en sociedades que enseñan a las niñas a no ser violadas en lugar de enseñar a los varones a no ser violadores."(http://revistaanfibia.com/ensayo/la-mala-victima/) Dicho y hecho. La sociedad patriarcal en la que vivimos asume que la mujer se debe comportar de determinada manera: ser recatada, es decir "no vestirse como puta", no "actuar como puta" pero tampoco ser una "frígida". Cuando una mujer está con mala actitud es que "es una malcogida". Las mujeres que son feministas seguramente serán lesbianas resentidas. Hay que afrontarlo, estamos en el siglo XXI, más específicamente en el 2014, y aún hoy debemos enfrentarnos a categorizaciones horriblemente burdas, discriminatorias y subyugantes. Cuando la mujer se valora, asusta. Cuando se defiende, asusta. Cuando se vale por sí misma, asusta. Cuando disfruta su sexualidad, asusta.
El tratamiento que se dio de parte de muchos medios al caso de Melina es prueba cabal de que aún faltan años para que las mujeres sean tratadas con equidad frente al tratamiento que reciben los hombres. Para Melina, la situación fue aún peor: era pobre. Y ser mujer y pobre te convierte en un ser doblemente estigmatizado. No sólo era pobre, era mujer. No sólo era mujer, era pobre. Uno de los medios que se destacó por su patético tratamiento fue Clarín, como señalaron correctamente los profesores de Melina. La nota es miserable, es misógina y es elitista. Cuando la leí, días atrás, aún no sabía que se trataba de una joven desaparecida por lo que me espantó encontrarme con que su desaparición gracias si se mencionaba dentro de toda una amplia descripción que mostraba cómo su vida "no tenía rumbo". Ante todo, estamos hablando de una chica de 17 años, ¿cómo podemos decir que la vida de alguien no tiene rumbo a esa edad?. Pero eso no es lo peor, no. Lo que se destaca es que no trabaja, no estudia, sale todo el tiempo, es RRPP de un boliche "para no pagar", tiene amigos más grandes, tiene piercings, vive en una casa humilde...y algunas cuantas cosas más. Todos esos datos son los que se desarrollan en la basura de nota que decidieron titular "Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria", como si eso fuera lo que importara. Como si el detalle nimio de su desaparición no importara nada, porque ¿qué importa la vida de una mujer pobre que seguramente se buscó su suerte?. Porque lo que esconde toda esa caracterización exhaustiva del estilo de vida censurable -a su modo de ver- es eso, que, en definitiva, era esperable que pudiera desaparecer, que "se lo buscó". De más está decir que la vida de Melina no era tan distinta a la de cualquier adolescente, ¿quién me puede decir con total honestidad que no fue a bailar de noche hasta los 18? Seguramente muy pocos. Yo, por mi parte, lo hacía. Yo tengo piercings, y me hice el primero a los 15 años, ¿eso me volvería responsable si algo me sucediera? ¿Por qué debo tener un aspecto pulcro para merecer ser una víctima lamentable y no una víctima bastardeada? El hecho de que una mujer sea violada es nefasto en cualquier circunstancia, se ponga lo que se ponga, se comporte como se comporte. Jamás lo merece. Una mujer, como cualquiera, debería poder comportarse y vestirse como se le diera la puta gana sin ser cuestionada por esta sociedad machista que asume que debemos usar pollera -pero no demasiado corta-, remeras que dejen ver que somos mujeres-pero no demasiado escotadas-, tacos -pero bien combinados, para no "parecer puta"-y maquillaje -pero no excesivo. Porque sino te arreglás sos una dejada pero si andas medio en pelotas y maquillada como una trola y bueno, qué esperas que te pase.
Que Melina abandonara el colegio es un hecho no tan extraño teniendo en cuenta su difícil situación familiar, en vez de estigmatizarla por hacer algo que muchos adolescentes quisieran hacer -porque, lo lógico es que uno, siendo adolescente, no piense en la importancia de tener una educación de la misma manera que un adulto-hubiera sido deseable que se produjera una reflexión sobre la importancia de la contención social para los jóvenes y, aún más, sobre el alarmante número de muertes de mujeres que existe en nuestro país.
Pero no, más importante fue contar todo lo malo que hacía Melina. Como si eso justificara el crimen. Como si el comportamiento de una mujer justificara su abuso, su muerte.
Lo importante no es que la mujer se comporte "bien" sino que el hombre entienda que la mujer no es un objeto para su satisfacción cuando él lo desee. El censurable es el victimario, no la víctima. La importancia de la víctima no debería ser en relación ni a su sexo ni a su estrato social -porque como bien señala la Revista Anfibia, otro tratamiento fue el que mereció Ángeles, una chica clase media de Palermo. Los medios de comunicación tienen una importancia social frente a la cual deberían actuar con responsabilidad, son partes de la sociedad civil que podrían fomentar la igualdad y la reflexión pero, lógicamente, trabajan en función del sistema que los sostiene, apañan el machismo, la violencia y la discriminación.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Zapateando
Esa tarde iba un poco ensimismada, pensando en el mundo, la vida…o sea, la nada misma. Tampoco era tan raro, a menudo me encuentro a mí misma pensando sobre la inmortalidad del cangrejo. Pienso, divago. De más está decir que no suelo llegar a conclusiones extraordinarias, es por el mero hecho de pensar. Ese día, como tantos otros, pensaba en cómo tomamos por obvias tantas cosas. Las tomamos por dadas, y pienso que hasta ahora mucho resultado no nos dio. Aparentemente, hay cosas que son indudables. Bueno, pero ¿debería ser así? Claro, yo digo que no me gustaría tener hijos (ni ahora ni a futuro, aunque uno nunca sabe) y la gente me mira como bicho raro. Digo que no sé si quiero traer una persona a este mundo que, desde donde se mire, es injusto, además de que no me mueve un pelo de interés el tener que ocuparme de cosas tipo “colegio”, que para algo ya terminé, y parezco una loca. ¿Será que es obligatorio querer un modelo de familia x? Y claro, si es lo que nos viene de arriba. Y cuando digo que un tiempo tuve una relación abierta con mi pareja y si fuera por mí la seguiría teniendo, ufff, ahí parece que fuera el anticristo. Nadie puede plantearse si tal o cual cosa es lo que quieren o es que recibieron esos modelos de vida y comportamiento y sencillamente los están continuando sin cuestionamiento alguno. ¿No habría que dudar más o, al menos, problematizar lo que nos dicen y enseñan?
En esas andaba, como de costumbre, cuando vi algo en el piso que me llamó la atención. Raro, porque cuando estoy con esas cuestiones existenciales no me percato ni de por dónde voy, ni de si la calle se está prendiendo fuego. Un buen día me van a atropellar, sí. Pero ahí estaba, un zapato. Sí, un zapato, así solito como quien no quiere la cosa. Era un zapato de taco, de esos que uso cada muerte de obispo porque no puedo entender que las mujeres por propia voluntad (aunque detrás, como todos sabemos, está el condicionamiento social) se hagan eso a sí mismas. Yo me llevo bien con las botas con un taco sutil, es decir, el que se debe usar para no destrozarse la columna. Pero no, el 90% de las mujeres insisten en ponerse tacos que bien podrían pulverizarles los tendones. Este era un zapato de este estilo. Sin saber bien porqué, me lo llevé. No sé, me llamaba la atención. Ya en casa lo puse sobre la mesa y lo miré. Lo miré y lo miré como si quisiera decomponerlo en moléculas. En ese momento pensé que porqué si dudo de todas las normas sociales que me fueron dadas no dudo de lo mas básico. ¿Y si ese zapato no existía? ¿yo cómo sabía que todo eso era real?. Cuanto más lo miraba más me daba una sensación de extrañeza, y todo eso me parecía un poco un sueño. En un sueño podía ser muy lógico encontrarte un zapato por la calle y llevártelo, pero no era lo propio de mi vida real. Bueh, “mi vida real”, “¿y yo cómo voy a saber si mi vida es real o no? Por todo lo que sé, mis sentidos bien podrían estar engañándome, bien podría estar soñando y despertarme en cualquier momento”, pensaba. Al fin y al cabo los sueños nos parecen igual de reales en el momento. Todo esto disparado por un bendito zapato. Está bien, yo ya venía con el ánimo preparado para los divagues existenciales pero semejante cosa, ya de dudar de lo que tengo en frente, nunca me había pasado. Evidentemente por lo que sentía no podía estar segura, “pero al menos estoy pensando”, me decía, “y si estoy pensando el zapato entonces el zapato debe existir”.
Por suerte, al rato recibí un llamado. Pablo, mi fiel cómplice en asuntos de la metafísica. A casi cualquier persona todo esto le parecería una estupidez o delirio de intelectualoide, pero Pablo entendía. Y, para mejor, me llamaba para ver si nos juntábamos con Gabi esa tarde. Me vino como anillo al dedo. Gabi era la tercera mosquetera de la filosofía casera.
Un par de horas más tarde estaba en el café de siempre, esperándolos, zapato en mano. Unos minutos después estábamos los tres. Sin mucho miramiento, tras haber pedido una cerveza, pasé al tema que me aquejaba, que además era ineludible ya que el objeto estaba en el medio de la mesa esperando que alguien explicara su presencia.
Les conté toda la secuencia, y los pensamientos que me había generado. No es que pretendiera resolver nada, sencillamente quería compartirles lo que un simple objeto había generado para empezar una de esas maratónicas discusiones que teníamos cada vez que nos juntábamos. Pablo, después de escucharme divagar atentamente, sentenció:
-Tu problema es que ves al zapato como externo, como algo ajeno. Bueno, como ves todo. Por eso vivís angustiada, todo para vos está más allá y buscas entenderlo, pensarlo. ¿Y a vos quién te dijo que las cosas no tienen nada que ver con nosotros, o que nos relacionamos con ellas sólo por pensarlas?-.
Lo miré un poco desconfiada, Pablo últimamente venía con ese vicio posmoderno de la meditación, el yoga y yo que sé cuánto y se regodeaba dándome lecciones de cómo vivir mejor. Cortante, lo interrumpí:
-Ya sabía que me ibas a salir con eso, y qué, ¿me vas a decir que te sentís uno sólo con tu celular ahora? Dale, Pablo, que en este mundo capitalista no se puede ser budista, con versito y todo te lo digo-.
-Bueno, no sé si tanto, sé que en esta sociedad y habiéndonos criado así cuesta, pero a lo mejor deberíamos tratar de pensar lo que nos excede un poco menos como objetos y un poco más como parte nuestra. Seguramente así terminaríamos siendo un poco más afectuosos con el medio ambiente y lo que nos rodea-.
Gabi, que hasta ahora sólo nos miraba, saltó:
-A mí me inquieta más pensar cómo llegó ahí, seguramente alguna historia hay detrás. Capaz eso que te generó tiene que ver con la persona que lo tuvo, como que le dejó algo impreso. No sé, un halo de afectividad, si se quiere. Habría que ver un poco más el contexto, a vos este zapato te generó todo esto porque ya venías, como siempre, medio mambeada con el ser y todo eso, por ahí para la “dueña”, en realidad probablemente, tenía otro significado. Y habría que ver la situación, porque esa persona está relacionada con su entorno…es una parte de todo un sistema-.
-Bueno, ya eso me parece un poco mejor, Gabi, porque estás viendo no sólo al objeto, sino que estás tratando de entender un poco el todo. Igual me parece que lo seguís viendo como algo externo, para mí esto es un Todo, no sé si hay que tenerlo como algo aparte, al margen, si en definitiva todos somos parte de este mundo, todos y todo. Es como una gran cosa indiferenciada. No sé si deberíamos hacer tanta distinción entre exterior e interior, no sé…¿importa tanto esa diferencia?-.
-Bueno, claro, es todo un sistema y no somos sujetos individuales, bah, sí, pero parte de un sistema, no podemos negarlo, y hay que ver qué era este zapato en éste. Acá tenemos un extracto de ese sistema que nos podría dar una referencia de algo más amplio-.
-Está bien, no digo que no sea válido lo que plantean, aunque Pablo ya sabés que esa versión tan feliz y conciliadora con lo exterior me parece muy linda pero utópica (y por ende, un tanto impracticable), pero acá los que estamos somos nosotros y en definitiva somos los que estamos pensando todo esto, y no veo como podemos acceder al contexto, porque no podemos dar con quién lo perdió así no sea poniendo carteles por la zona al estilo “se busca” o “zapato perdido busca a su dueño desesperadamente”, y dudo seriamente que alguien responda a dicho anuncio. Lo que sí podemos hacer es pensarlo nosotros…y tampoco me veo muy próxima a sentir este zapato como parte de mí, con el cual no tengo nada que ver, ni tengo ningún afecto por él, pero que por uno de esos gajes del destino me crucé, tal vez como una forma de Dios para que yo pueda probarme a mí misma que existo así sea sólo porque puedo pensar todas estas cosas-.
-No me vas a decir que siendo tan escéptica y afecta a privilegiar tu cerebro por sobre tus sentidos te creés que DIOS te puso esto en el camino…-
-Ya sabés cómo soy Gabi, me las doy de moderna y progre y a veces me saltan estas dudas, hasta hipótesis te diría…no sé, pienso que por ahí todo está un poco más reglado de lo que creo. Mirá no sé si fue casualidad, lo puso un ente superior o qué, lo que sé es que me crucé con esto y acá estoy, discutiéndolo, pensándolo con ustedes y, en definitiva, lo que importa es eso, que puedo pensarlo.-
-Pero yo no puedo dejar de pensar en que esto forma parte de algo más, que es parte de un sistema, que tendríamos que saber el contexto, que no podemos quedarnos sólo con el objeto en sí-.
-Es que ES parte de un sistema, de un Todo, esto, vos y yo, somos un todo. Nosotros estamos en comunión con él, YO estoy en comunión él. No puedo verlo de otra forma, es como que estamos fusionados, esto no es un zapato sin más, seguramente también tiene un “espíritu”, por decirlo de algún modo…-
Así siguió y siguió la charla unas cuantas horas, hasta que prácticamente ardieron las velas. Lo que acá repongo es un fragmento prácticamente textual, porque yo para estas cosas tengo una memoria cuasi eidética, que me permite recordar cómo fue un intercambio sobre los zapallos y su esencia, o bien, sobre un zapato de taco. La realidad, es que esa noche me volví con el susodicho y mi cabeza estallando de ideas e hipótesis pero ninguna cosa clara, o tal vez sí, aunque sólo fuera el hecho (y la tranquilidad) de que existo porque puedo pensar en todo esto, si bien no es nada muy relevante para el destino de la humanidad.
Una semana después, deshice mis pasos y reconstruí el camino que había hecho con el zapato, hasta dar con el punto exacto en el cual lo había encontrado. Miré para todos lados y saqué el zapato de mi morral, atenta a la posible aparición de alguien. Nadie llegó. Dejé el zapato en la misma posición que lo había encontrado, acostado, y me fui sin mirar atrás confiando en que otra persona se tropezara con él.
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