jueves, 21 de abril de 2016

Las natis de la vida

Es evidente que la experiencia y el paso del tiempo nos van llenando de sabiduría y autoconocimiento. Para qué nos sirve y para qué lo aplicamos es otra cuestión. Con mi pareja (qué torta) sostenemos que la vida se divide en soledades y natalias. "Soledades" del nombre, no del estado. O sea, todos -digamos las tres personas que vayan a leer esto- deben saber quién es Soledad Pastorutti. Tal vez algunos-uno o dos-, quien te dice todos-los tres- sepan que "La Sole" tiene una hermana, Nati. Sole es la frontgirl, esa que sale en todos lados, que todos conocen. Nati, mal o bien que le pese, no lo sé, es "la hermana de", la conocemos porque es la hermana de la Sole. Nati, mal o bien que le pese, no lo sé, también es música, como su hermana. No tengo la menor idea  de si es mejor música, si no es tan conocida porque es muy tímida, si porque no supo posicionarse o si porque en la vida a algunos les toca y a otros no, pero no interesa. Lo importante es que es esa que está detrás, representante de la hermana más exitosa, corista suya muchas veces. 
Esto es aplicable a la vida toda. Y no me refiero a que tengas un hermano más exitoso, la relación fraterna es simplemente simbólica, el fenómeno de eclipse puede darse con amigas, pareja, hermanos o con todos. O sos Nati o sos Sole, o sobresalís o no. Cierto es que también puede llegar a relativizarse por la presencia de alguien que todavía sea más Nati o más Sole que vos. De la misma manera que o sos ñoño o no, pero si vas a una reunión donde toooodos son filósofos analíticos, lingüistas, físicos cuánticos y demás, puede que resaltes algo menos con tu ñoñez. Pero no por eso perdés tu condición. 
Yo, ni hace falta que lo diga (pero lo digo lo mismo), soy una Nati. Y, claro que sí, me he rodeado bastante de gente que es Sole, en distintos grados. Personas más hábiles socialmente, más seguras de sí, más seductoras, más inteligentes. Y yo, la zapalla que está detrás, que no es talentosa, que no se sabe vender, que se siente medio minúscula, la que muchos años fue casi siempre "la hermana de"y a veces, muchas, "la amiga de". Me podrán decir, en todo su derecho, que si uno va a una reunión en la que la mayoría de la gente conoce más o es amiga de tu hermano o de tu amiga, vas a ser "la....de" pero sucede que hay gente que rápidamente deja de ser "la de" para ser simplemente sí mismo y dejar de existir en referencia a. Otros quedamos ahí, detrás, en las sombras, opacados. No es culpa del sole, tampoco sé si podemos decir que sea culpa de los natis, nos pasa, sencillamente. Y luchar contra eso es difícil. Es un poco como el capitalismo. Para que unos tengan mucho, otros tienen que tener poco, para que existan soles tienen que existir natis, para que existan natis tienen que existir soles, son mutuamente necesarias. Y se nace con confianza o no. Se puede ir desarrollando algo pero yo creo que nunca en un nivel de profundidad importante. Creo que uno puede desarrollar habilidades que le permitan enmascarar su natez pero ahí está, debajo, agazapada, esperando volver con todo. Se nace en una familia bien o no. Si naciste en una bien tenés todas las de ganar en tu desarrollo económico-social posterior, el primer ayudín ya lo tuviste. Si naciste pobre, no. Menos chances. Ahora, puede pasar, podes escaparle a tu condición, pero hasta ahí. Porque para las clases bienudas siempre vas a ser menos, un nuevo rico, no uno de abolengo. Uno que se metió ahí sin que le corresponda. Tal vez lo mismo pase con los natis, no lo sé, lo que es seguro que ahí vas a ser vos mismo el que sienta que sos un sole trucho, que la estás careteando.
Por otra parte, muchos natis no desean ser el centro de la escena, tal vez la mayoría, porque, en definitiva, por algo son natis, porque sentís que no tenés nada lo suficientemente interesante que hacer o decir que pueda llamar la atención o porque el exceso de atención te da un pánico atroz que hacé que la pases como el mismísimo ojete. Pero, creo yo, todo nati siente cierta tristeza o incomodidad en ser siempre opacado, en ser el que está detrás, aunque no le quepa mucho admitirlo. O a lo mejor simplemente proyecto lo que me pasa a mí. Tal vez yo me hinché de sentirme la que no merece más atención y por eso me busqué una novia que es todavía más nati que yo. Pero el deseo, en todo caso, es lo de menos. Porque las natis no tenemos ni la menor idea de cómo ser soles. Y qué le vamos a hacer. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Los bemoles de la adultez

Hace un tiempo ya que tengo la constante e inexorable sensación de que ya soy adulta. A los veinticortos no me pasaba, todavía me percibía bastante pendejita. Ahora, que me acerco más rápido de lo que quisiera a los 30, -pánico, terror, psicosis-sé que ya no lo soy, aunque juegue con dinosaurios de juguete y me siga riendo de cosas como "Carrer de Berga". Y con la conciencia de la adultez llega la noción, también ineludible, de que es, lisa y llanamente, una cagada. La adultez hace que te des cuenta que, muchas veces, todo lo que estudiaste no sirve para un carajo en un mercado cada vez más competitivo que, necesariamente, es excluyente. También hace que te avives de que el disfrute y la felicidad nunca son estados permanentes sino más bien circunstanciales y esporádicos. Con la adultez, mal que te pese, llega la preocupación por EL FUTURO, eso que hasta hace unos años te parecía algo tan lejano como la posibilidad de tener un pibe. Ahora, como un forro, pensás en qué vas a hacer si los precios siguen aumentando y vos seguís cobrando como el orto o ni cobrando. Y eso que algunos, como yo, tenemos la grata situación de tener un núcleo familiar -y no familiar pero afectivo- que te banca bastante. Imaginate sino. Pero, además, hace que te des cuenta que en cada una de esas preocupaciones se te está yendo la vida, el tiempo y, horror absoluto, la juventud. Ahora sabés perfectamente que la mayor parte de tu vida lo único que hacés es transcurrirla, levantarte temprano, hecho teta, ir a laburar en algún medio de transporte que va hasta la manija, hacer algo que las más de las veces ni te gusta, volver más cansado que cuando te levantaste y ¡pum! se te fue un día, y después otro, y después otro, y así. Sabés también que te angustiás porque no conseguís cosas que en realidad ni querés. Eso es el capitalismo y, por ende, eso es la vida de adulto. Sentirte un inútil porque, por ejemplo, no conseguís un laburo que en el fondo no tenés ni media gana de hacer, porque lo que también sabés, es que cuando lo consigas vas a volver a ser un alienado. Claro, hay gente que tiene otra vida, labura de lo que le gusta y tiene un ingreso por ello que le permite hacer los viajes que quiere, o más o menos. A ver cuántos son. 
En algún momento de tu tierna e ingenua juventud te convenciste a vos mismo (o te convencieron) de que ibas a poder hacer y vivir de algo que te guste. Hoy te das cuenta de que eran puras patrañas -lo cual si lo pensabas un poco y mirabas a tus viejos, era obvio. 
Ahora bien, te puede pasar que, por gracia de la vida, te enamores de alguien que, a su vez -¡suerte la tuya!-te quiera. Y ahí, ay ay ay, vienen, de la mano de una marea de felicidad abrumadora, otros miedos. Por ejemplo, el temor de que tu pareja finalmente se dé cuenta de tu vocación de filósofa nihilista frustrada e insoportable, se harte y te deje. O que, peor aún, le pase algo. Porque sí, señores, con la incipiente vejez aparece ese miedo a perder lo que más querés. Eso cuando sos un púber no te pasa tanto, salvo cuando ves películas de disney en las que siempre (vaya uno a saber porqué) se muere alguna de las figuras paternas. Es más, ahora también te asesta la conciencia plena de que te puede pasar algo a vos y eso, lógicamente, te va frenando. Cuando sos pendejo te trepás a todos lados, saltás de superficies altas, se te ocurren ideas ridículas como andar en lo que llamábamos poco coolmente patinetas y practicar saltar y cosas así (¿cómo?). Ahora sabés perfectamente lo que significa la palabra cuadripléjico y eso alcanza para que siete de cada diez ideas pelotudas que tenés no las pongas en práctica. Por suerte hay otras ideas idiotas que se te ocurren que, como ves que ya te estás haciendo grandecita y sabés que pasarte la vida ahorrando no te va a traer la felicidad, las concretás, te sacás un pasaje y te vas a tres meses a la goma con la plata que juntaste haciendo un trabajo que te parecía un bodrio sideral para gente que te trataba como si sólo fueras un engranaje más del sistema (que claramente es lo único que eras). Claro, a lo mejor también pensaste que cuando volvieras ibas a conseguir un trabajo.
Ni hablar de que ahora sos bien bien consciente de que un día te vas a morir y no, no va a pasar absolutamente nada. No vas a trascender, no vas a haber hecho nada demasiado importante y en unos años nomás va a ser casi como si nunca hubieras estado. Porque lo más cercano a la trascendencia que vas a poder alcanzar va a ser por vía ácidodesoxirribonucleica. Un Cortázar no vas a ser, eso que ni qué.  
Con todo, dicen por ahí que, pese al miedo patológico que ronda el número treinta, es una década más feliz en la cual todas estas angustias que te asestan a los veintisiete porque te diste cuenta que no estabas donde pensaste que ibas a estar o tenías que estar, desaparecen. Espero que esto no sea otro engaña pichanga como eso de que podías conseguir todo lo que querías. O como esa mentirita piadosa de que en la vida "las cosas te pasan", de que "ya te va a llegar", como si fuera a venir el hada madrina a tocarte con su varita mágica o que un día fueras a publicar tu libro y te llenaras de millones como J.K. Rowling.
Y pensar que cuando éramos chiquitos queríamos ser grandes. Qué boludos. 

martes, 8 de marzo de 2016

Días que todavía son necesarios

Ayer, 7 de marzo se celebró el día de la visibilidad lésbica. Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer.  Los menciono juntos un poco por algo tan simple como su proximidad en el calendario y otro poco por su obvia relación. Las lesbianas, evidentemente, son mujeres y, como tales, son víctimas de una doble estigmatización-así como doble fue la estigmatización de la que fue víctima en los medios Melina Romero, por mujer y pobre. Son mujeres pero además se enamoran y tienen relaciones con otras mujeres. El horror mismo para el machismo y el patriarcado. Mujeres que -¡encima!- no necesitan a los hombres ni para tener sexo. De más está decir que, en realidad, ninguna mujer necesita a un hombre. 
El día de la visibilidad lésbica se celebra el siete de marzo porque un día como ese, pero en 2010, Pepa Gaitán fue asesinada por el padrastro de su pareja, Dayana Sánchez. El día de la mujer se celebra el ocho de marzo porque un día como ese, pero en 1908, 40 mil costureras industriales iniciaron una huelga demandando el derecho de unirse a los sindicatos por mejores salarios, reclamando la reducción de la jornada laboral (a 10 horas), salario igual al de los hombres (igual remuneración por igual tarea) y mejora en la higiene. Ciento treinta de estas costureras eran trabajadoras de la fábrica Cotton de Nueva York, donde realizaron la medida de fuerza con permanencia en el lugar de trabajo. El dueño, muy amablemente, ordenó cerrar las puertas y comenzar un incendio para disuadirlas. El resultado fue las trabajadoras murieron dentro de la fábrica. 
Hoy, en 2016, parece ridículo tener que seguir pidiendo equidad y respeto, parece ridículo tener que explicar el porqué de estas fechas "especiales". En relación a esto último hoy, en mi cuenta de facebook, comenté que a ver si logramos llegar a mañana sin el típico comentario idiota de que no existe un día del hombre o, al menos, que no se celebra. Inmediatamente varias personas me comentaron que ya habían oído cosas del estilo. Un compañero de trabajo, se ve que muy progresista, de una amiga dijo que "las mujeres necesitan ser reconocidas todo el tiempo". Se ve que el muchacho no se enteró que hace pocos días se dio a conocer la noticia de las dos chicas asesinadas -esas que, según algunos, "viajaban solas"- en Ecuador. Se ve que el muchacho no conoce la cantidad de mujeres que son asesinadas, golpeadas, violadas, justamente, por ser mujeres. Se ve que él, como muchos, no entienden que preferiríamos que estas fechas no fueran necesarias, o que fueran una conmemoración de un hecho lamentable que sucedió hace mucho tiempo pero que hoy en día ya no ocurre. Pero sucede, sucede que no podemos viajar solas sin miedo, sucede no podemos darnos el lujo de irnos y desconectar nuestros celulares porque se vuelve necesario avisar que estamos lejos pero seguimos vivas y bien, sucede que aún hoy, hay diferencias salariales entre hombres y mujeres, sucede que, aún hoy, mujeres son menos tenidas en cuenta para puestos laborales que hombres porque ellos no van a requerir licencias extensas de embarazo. Suceden tantas cosas que es difícil listarlas. Sucede que hoy, en nuestro país o en otro, tenemos miedo de que nos violen y nos maten. Y ese es un miedo que los hombres no conocen. No conocen lo que es crecer sintiendo el acoso, el comentario que agrede, el grito por la calle que te da asco, no saben lo que es ser adolescente y sentirse indefensa frente a un hombre adulto que se cree con más derechos de los que le corresponden. Así como un heterosexual no conoce la discriminación y el rechazo por el simple hecho de su sexualidad, por el sencillo hecho de querer a alguien, de enamorarse de otra persona, esa que no era la que todos esperaban. Porque existen diferencias injustas, porque existe el machismo, porque, sí, vivimos en una sociedad falocéntrica que objetualiza a las mujeres, que dice cuándo está bien que se muestren en bolas y cuándo no, cuándo está bien que se acuesten con otras mujeres y cuándo no -porque sólo es aceptable siempre y cuando sea para el disfrute del hombre-, que todavía sostiene estereotipos ridículos publicitarios en los que la mujer vive y se desvive por la limpieza de su casa, por tantas cosas, es que todavía hace falta seguir luchando cada día y, además, reivindicar estas fechas.  
Esperemos que en algún momento no sea necesario pedir menos violencia ni más equidad. Esperemos que en algún momento la tengamos y todos estén de acuerdo con eso. 

domingo, 31 de enero de 2016

Paralelos



Sabía que estaba en algún rincón de la comisaría, en ese mismo cuarto inmundo y frío de la otra vez. Lo habían agarrado en la puerta su casa y lo habían metido en un patrullero. Nadie en ningún momento le había pedido los datos. Sabía, entonces, que estaba jugado. En realidad lo sabía desde bastante antes, lo supo después de que lo paró la cana y lo mandaron a vender. Lo sabía desde que dijo que no y a la semana siguiente lo levantaron y lo cagaron bien a trompadas. Pero también sabía que no iba a ser él el encargado de su mierda, si querían la guita que se fueran a vender ellos, manga de ladris. 

Entró un policía y él dijo “dejame salir, cobani”. Por respuesta obtuvo una risa sarcástica y un “qué negrito pelotudo, de acá vas a salir a laburar para nosotros o no vas a salir”. Juan calló, como solía hacer, como estaba acostumbrado a hacer. “No te hagas el gil, que seguro te la debés pasar choreando, vos”. A Juan se le llenaron los ojos de lágrimas pero hizo todo lo posible para que no se le notara y sólo soltó, después de unos segundos, “yo no robo”. El cabo primero de la comisaría segunda de Lomas del Mirador se cagó de risa y volvió a salir. Al rato, Juan perdió la noción de cuánto, volvió a entrar con un compañero y empezaron a pegarle, como una semana atrás. Como una semana atrás volvió a gritar pero nadie lo ayudó. “Te lo digo por última vez, pibe, hacenos caso o sos boleta”. Juan, como solía hacer, como estaba acostumbrado a hacer, calló. El cabo primero sacó un arma y apuntó a la cara de Juan.

De repente, cuando pensaba que ya estaba en las últimas, entró el sargento y dijo que lo soltaran. Lo metieron de vuelta en el patrullero y lo tiraron en el medio de la nada. Juan tardó cinco horas pero logró volver a su casa, donde encontró a su vieja y a su hermana desesperadas. Cuando lo vieron sangrando fue peor, él les contó todo pero les dijo que lo mejor iba a ser no hablar ni denunciar nada porque, al fin y al cabo, ¿quién le iba a creer a un negrito con pinta de pibe chorro?. Juan no entendió nunca qué habría pasado, pero tampoco importó, por alguna razón estaba vivo y afuera. Al día siguiente decidieron mudarse y Juan empezó la facultad. Desde que su hermana había arrancado era algo que quería pero pensaba que no era lo suficientemente inteligente para manejar. Y resultó que le iba bastante bien. Dejó de pensar que por alguna razón merecía el maltrato de otros, dejó de pensar que estaba bien que lo ningunearan. Ya no se sentía menos. 

Extrañaba el barrio y cada tanto se daba una vuelta para ver a los pibes, aunque trataba de no hacerlo mucho, no fuera cosa de tentar a la suerte.Sus amigos le decían que a lo mejor para ellos también había un lugar en la universidad y él les decía que sí, que claro, que cómo no, que si él podía ellos también. 

Con los años el recuerdo de aquellas noches en la comisaría se fue borrando y él casi sentía que eran parte de otra vida, una bastante infeliz. Ahora era otro, uno que siempre iba a saber de dónde había salido, uno que nunca iba a sentir vergüenza de ser morocho pero uno que podía sentirse tranquilo de caminar por donde quisiera, uno que ya no le tenía miedo a la yuta. Una realidad, ahora, que un poco le recordaba cuando era chico, cuando no existía el temor, la desilusión, cuando no existía la violencia -al menos en su conciencia- y todo era posibilidad. Ahora, aún cuando ya era adulto, todo volvía a ser posibilidad. 


“Mirame, pendejo, quiero que veas cuando te raje un tiro en medio de la jeta”. Juan abrió los ojos y el cabo primero disparó.

martes, 4 de agosto de 2015

Boludismo amoroso

Todos lo sabemos, las relaciones tienen momentos. Probablemente el más emocionante (no necesariamente el mejor) sea el primero, es decir, los meses iniciales. Esa etapa en la que cogés veintitrés veces al día y te querés ver todo el tiempo. Lógicamente es una etapa de poca productividad en otras áreas. Si estás con tu significant other imposible ver una película entera, leer o cuestiones similares. Ni hablemos estudiar. Si no estás con él/ella, un poco parecido, porque aunque no interrumpas tu actividad con los irrefrenables impulsos sexuales que motiva la cercanía corporal del otro, entrás en un estado de pelotudez aguda mental que, por lo general, se evidencia en pensamientos del tipo "ay qué linda que es". Por lo general éstos, a su vez, son plasmados vía la tecnología en una sucesión de mensajes. Como la boludez en estas etapas es mutua se dan conversaciones del tipo "linda", "vos", "no, vos", "hermosa", "vos", "no, vos", "sos tan linda", "vos sos linda", "vos más", "me encantás" y así eternamente. Todo esto acompañado de una sonrisa de oreja a oreja que te da bastante cara de especial, porque es un poco expresión de "me acabo de tomar un miorelajante mientras observo pandas comer bambú".
Peligroso tener este tipo de intercambios por la calle pues es bien sabido que la atención se ve altamente afectada. Mejor hacerlo en la seguridad de tu hogar, porque sino podés terminar debajo de algún vehículo. Eso sí, con expresión de felicidad.

lunes, 20 de julio de 2015

El flagelo del cliché


Si hay algo que odio es volverme un cliché absoluto. Eso es precisamente lo que me sucede cuando se avecina ese encantador momento en el ciclo menstrual femenino que hemos dado en llamar, para tratar de no horrorizar al prójimo masculino -que, como ya sabemos, muy a nuestro pesar, es quién establece qué es aceptable mencionar y qué no-, de "indisponerse". Esos maravillosos días previos me sucede el flagelo de querer bajarme treinta y trés paquetes de óreos, diez de chocolate águila, cuarenta y cinco alfajores (pueden ser pepitos o milka mousse, por ejemplo)...bueno, captan la idea. Básicamente te cuidás de comer mierda todo el mes para, en el lapso de tres días, bajarte un kiosco entero. Este mes decidí no andarme con chiquitas y directamente comprarme una caja de alfajores, para qué mentirnos. Además, cuando te agarra el momento de desesperación es alta patada tener que salir a comprarte algo, ni hablar si es de madrugada. Mejor tener reservas a mano, lo cual también es peligroso porque el tener que salir es un elemento disuasorio, ahora si tenés los alfajores ahí cerquita...pero bueno, al fin y al cabo una se lo merece. Pues bien, éste es sólo uno de los problemas. A la voracidad incontenible hay que sumarle una espantosa hipersensibilidad que nos lleva a pensar pelotudeces del tipo " ya no le gusto más ", " no me escribe hace media hora, ya no me quiere " o asuntos como llorar mirando Buscando a Nemo. Las posibilidades, lamentablemente, son infinitas y, básicamente, todas se reducen a que una pierde completamente el control de sí misma y se vuelve pura pulsión. Estos días, el superyó se toma vacaciones, la tolerancia un poco que también por lo que es muy probable alguna mandada a la mierda, pero te laburan a pleno y sin descanso las ganas de llorar y de comerte los carteles publicitarios de golosinas.
En definitiva, una hace todo lo posible por no caer en los estereotipos pero, ineludiblemente, te alcanzan, a lo que sólo resta asumirlo y decir: que se vaya a cagar la naturaleza. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Los veintis y los treintis

Cuando uno se relaciona con gente muy diferente y de rangos etarios diversos puede poner en práctica las dotes de antropólogo que todos llevamos ahí dentro, escondidas. 
Con el correr de los años he podido verificar que existen notorias diferencias entre los veinteañeros y los treintañeros. Primera y fundamental aclaración: estamos siempre, siempre, refiriéndonos -principalmente en relación a los treintañeros- a seres con la madurez más o menos esperable a su edad. ¿Cómo definimos madurez esperable? Bueno, sencillamente fijándonos con los criterios que suele manejarse gran parte de la población a x edad, ese será el espectro de comportamiento promedio y luego habrá quienes oscilen hacia arriba o hacia abajo (el treintañero que se comporta como adolescente y el veinteañero que se comporta como cuarentón). 
Hete aquí lo que he podido ir desculando del asunto.

A los veintis sucede que uno se preocupa mucho más por cuestiones cuasi insignificantes, por no decir idiotas. Ejemplo: "me clavó un visto". Me refiero al típico lime de "le escribí hace media hora, lo leyó y todavía no me respondió". Porque estamos de acuerdo en que si tu novio/a, chico/a (detesto fuerte eso de reemplazar os y as y con @s o xs) leyó un mensaje tuyo y no te respondió en tres días, asumiendo que no haya tenido alguna clase de accidente, es, como mínimo, molesto. Pero el tema de frikear rápidamente en esos casos es poco frecuente en los treintis. Por otro lado, a los treintis todo es con menos vueltas (en general cuando me refiero a treintis estoy hablando de treintimedios o treintilargos, porque los treinticortos muchas veces se asemejan bastante a los veintis), las personas hacen un poco más lo que les pinta sin estar tan pendientes de qué señal mandará x acción. Pongamos por caso que un/a treintañero/a  tiene un ratito libre entre actividades y quiere pasar a saludar a la persona con la que muy recientemente se está viendo porque anda cerca de la casa. Un veinteañero (me aburrí de poner /a todo el tiempo) no lo haría porque "no da", léase: todavía es pronto y da muy de novio. El treintañero no lo piensa tanto, simplemente lo hace porque le dieron ganas y no implica que te está por pedir casamiento. Tampoco le dan tanta importancia a nimiedades del tipo "dejó el cepillo de dientes en mi casa". Esto lo pude comprobar hace poco. Me olvidé (de verdad fue así, porque me fue sugerido que lo hice adrede y me hice la sota, pero no, yo en estas cosas soy muy treintañera y si hubiera querido dejarlo, sencillamente le habría dicho "che, te dejo el cepillo porque total estoy viniendo seguido y me da paja andar con ésto de acá para allá") el cepillo de dientes en la casa de la persona que vengo frecuentando. Un veinteañero, seguramente, le hubiera dado bastante importancia, para bien o para mal. S., que tiene 35 años, sencillamente dijo: "¿te diste cuenta que te olvidaste el cepillo en casa?", pero eso sí, con un ligero tonito burlón del tipo: "seguramente te vas a querer morir". Además, veo poco probable que un treintañero salga corriendo por algo así, cosa que perfectamente podría suceder con un veinteañero.
Estas cuestiones tienen que ver con una diferencia fundamental entre ambos grupos etarios: cuando tenés veinte hay mucho tiempo por delante, a partir de los treinta te agarra la onda de la cuenta regresiva. Por esta razón, es común que un veinteañero pueda salir con alguien que le da más o menos lo mismo o que sepa que no pasará a mayores, total hay tiempo. Un treintañero no es probable que haga lo propio, a partir de cierta edad se profundiza el "boludeces no", si sale con alguien que no le copa mucho, no lo extenderá en el tiempo, pasará a otra cosa mariposa. Si lo sigue viendo (aunque nadie pueda profetizar lo que sucederá) será porque le interesó y tal vez pueda generarse algo más. Entonces, no va a salir corriendo asustado con cualquier idiotez porque, para este entonces, ya descubrió que las personas con las que uno pega onda y conecta no abundan, no las desperdiciará porque sí (cosa que a los veinte poca gente ha aprendido). 
En un orden menos significativo, tenemos el tipo de conversaciones. A los veintis las charlas con tus amigas sobre chongos son un poco más extensas que a los treinti, tipo "¿qué hicieron?, ¿dónde fueron?, ¿a qué se dedica?, ¿te gustó?,¿está bueno?" y a medida que van pasando los días te vas preguntando las novedades, "¿qué onda con S.?". A los treinti es más escueto, de la misma manera que a los veinti es más escueto lo que uno cuenta que en la adolescencia. Arriesgo una conversación potencial entre treintañeros: "¿todo bien?", "sí", "¿cogieron bien?", "sí". Fin del tema. Algo similar sucede con las etiquetas o categorías vinculares. A los veinti más o menos se sabe que existen las categorías "chongo", "chico" y "novio". Esto tiene que ver con una cuestión temporal y relacional. Por ejemplo, para que alguien califique como chongo tenés que verlo varias veces, pero además hablar algo por whatsapp. Después de unos meses, si la relación trasciende el sexo, es decir que no sólo te ves para coger, pasa a ser "tu chico" hasta que sea tu novio, cosa que ya todos sabemos cómo funciona. Pero además, a los veinti todavía está la cuestión de preguntar cuando querés avanzar a esa etapa vincular de noviazgo. Sin charla previa ninguno se referirá al otro como "novio/a". A los treinti la cosa cambia, todo eso de "chongo", "chico", caduca. Según una treinti informante la cosa va más así: "salí con alguien, me cae bien", "me gusta", "me encanta". Por supuesto, les parece medio ridículo eso de preguntarle al otro si quiere ser su novio, o algo así. 

Seguramente habrá más cosas pero por ahora tengo ésto. Hoy una amiga me dijo "cómo te gustan las viejas, eh". Y sí, lo arriba expuesto es la explicación de porqué sucede eso: menos vueltas, menos boludez y menos planteitos sin sentido. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La otra vida

Hace unos días fui a cenar a un lugar de esos conchetísimos. De más está decir que yo ligué de arriba, porque me codeo con la gente con la que hay que codearse. Lógicamente, no es la "gente bien", porque ésa no querría codearse con esta torta lumpen. Concretamente pasa que tengo una amiga a la que la invitan a comer para que evalúe y como siempre son cenas para dos, a veces me toca garronear a mí. 
En esta oportunidad fuimos uno de esos lugares que son la representación del caretaje. Voy a reservarme el nombre para no ofender. La cuestión es que ni bien entrás es como acceder a un universo paralelo donde vive esa otra gente, esa que te cruzás poco, la gente linda. Antes de ingresar al bar/restorán (porque ni pienso poner restaurante) propiamente dicho, te recibe una señorita muy pipí cucú que te pide el abrigo para guardarlo. RARO. A mí, que te voy a cualquier tugurio, en la puta vida me pidieron el abrigo para guardar gratis en algún lugar. Ni hablar que yo iba con toda la pinta de pseudo chongo y tenía una camperita pulgosa con un buzo debajo. Sí, buzo. Lo mismo tuvieron que recibirme (muy a su pesar, seguramente) la vestimenta. Adentro por supuesto, todos los tipos con camisas entalladas, trajes, algunos tomando whisky, esas cosas. Las minas mucho vestido, por supuesto. Vi dos remeras, una correspondiente a un hombre que curtía onda patova y la otra, como no podía ser de otro modo, a un hipster. 
 Ya sentadas nos dispusimos a elegir primero los tragos y luego la cena. Los primeros andaban por los 150 pesos cada uno, ni quiero pensar lo que sería la comida -cosa que no sabemos porque no figuraban los precios-. Lo mejor fueron las bebidas, me tomé un trago bien emperifolladito que consistía en gin, té de jazmín, pomelo y menta. Muy rico. Como detalle, venía con uno de esos palitos que usan las orientales para atarse el rodete, que no tengo ni la más puta idea de cómo se llaman. 
Ahora bien, al menos en el menú que nos ofrecieron, de entrada había para elegir entre papas rústicas, una suerte de milhojas de papa con unas lonjas de salmón encima o langostinos. Deduzco que lo más interesante hubiera sido pedir los langostinos pero como yo no puedo pasarlos bajo ningún punto de vista, pedimos las papas y el milhojas. A ver, las papas rústicas son la cosa más básica de la existencia, ni siquiera hay que pelarlas. Lavás, cortás y pronto. De platos principales elegimos una brochette de lomo y la "pechuga lemon gin". La primera tiene lindo nombre pero no deja de ser lomo cortado en pedacitos, clavado en un palito, en este caso acompañado de panceta y ciruela. Bueno, a ver, no es la elaboración suprema precisamente. Lo segundo, que suena recontra bacán, consiste en una pechuga grillé (ah, porque claro, no vayan a pedir porciones abundantes porque queda mal, una pechuga, y así como suelen ser, o sea, pequeña) con una salsita que infiero tenía gin y limón, por su nombre. Como podrán apreciar, no era una cosa cuyo gusto resaltara increíblemente, estaba bien pero perfectamente es algo que puedo hacer yo en mi casa. Esto, acompañado de un puré. El quid de la cuestión, como era de esperarse, es la presentación. La pechuguita va arriba de la salsita  dispuesta de forma circular y el puré también con esa misma forma, armado con un molde. Todo esto vino con una canastita de papas rejilla. O sea, muy lindo el nombre pero básicamente lo que comí fue una pechuga grillé con puré que seguramente me le habrían cobrado como una langosta embebida en Johnie Walker blue label mezclado son sales del Mar Muerto. 
De postre comimos (eran las opciones posibles) helado y un postre de oreos. El helado era el mismo que podés comerte en cualquier parrilla y el postre estaba bien aunque bastante empalagoso. Ahora, estamos hablando de dulce de leche, helado de dulce de leche, crema y óreos. Postre cabeza, no jodamos, no es que me trajeron una crème bruleé. Eso sí en copita bien y todo eso. 
Concluyo entonces que la gente de guita es pelotuda y le cabe que le hagan el orto con cualquier cosa. Eso sí, a mí me sentó súper zarparles una cena gratis y que me hayan tenido que atender  cual si fuera la duquesa de Alba.

De vuelta a la realidad, salí y me fui a tomar el bondi para el que, además, tuve que caminar unas cuántas cuadras para evitar el abuso potencial que implicaban las paradas que estaban en las cercanías del nido de chetos- que no tienen esta clase de problemas. 

sábado, 16 de mayo de 2015

El duro oficio de elegir terapeuta

Cuando pegás un buen psicólogo es casi como establecer una relación de pareja. Encontrar al apropiado es prácticamente una cuestión de piel, química. Y cuando surge ese mágico momento en que encontrás al que sentís que te comprende, que podés contarle tus cosas sin sentirte un pelotudo (o por ahí te sentís así pero sabés que igual da decirlo sin problemas) pensás que nunca más vas a encontrar otro con el que te pase lo mismo. Hay un punto, como en toda relación, en el que incluso te preguntás cómo viviste hasta ese momento sin él, cómo hacías para resolver antes tus problemas. Además, en ese estadío de enamoramiento empezás a pensar que es lo más y que no existe nadie como él. El problema viene cuando tu terapeuta no puede atenderte más, porque ahí es prácticamente una ruptura y, así como sentías que no había nadie como él, sentís que nunca más vas a encontrar un terapeuta que se le equipare, o que va a ser muy difícil que te vuelva a pasar algo como lo que te pasó con él. En mi caso, por ejemplo, dejé de atenderme porque en ese momento ya me sentía en condiciones de manejarme por mí misma. Vino justo ya que mi psicóloga se iba a vivir a Córdoba. La crisis llegó ahora, cuando se me presentó la necesidad mental de volver. Sé que hacer terapia me vendría bien pero me parece que si no es con mi psicóloga no tiene sentido. Ni hablar de todo el esfuerzo que supone el sólo hecho de tener que volver a contarle todo a otra persona. Por otra parte, uno ya sabe que volver a encontrar un psicólogo apropiado para sí es como el dating, probar con uno, probar con otro, hasta que aparece the one (hasta no sabemos bien cuándo, como en las relaciones). Y, ¿qué termina haciendo una para resolver su angustia? Llamar a las amigas y zampar un kilo de helado. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Como te ven te tratan


“Como te ven te tratan, si te ven mal, te maltratan”. Siempre dudé de la efectividad de esta frase harto conocida de la ganadora del tesoro de los Peces del Infierno. Quiero decir, siempre me pareció que este tipo de cosas tienen como objetivo convencernos de que algo está en nuestras manos cuando claramente no es así. Te tratan como te tratan, independientemente de cómo estés. Por lo demás, me parece que tiene dos interpretaciones posibles, una que refiera a las actitudes y otra a una cuestión meramente externa y superficial. No sé con qué sentido lo habrá dicho la Chiqui pero no pienso perder un minuto en averiguarlo. Either way, puedo decir que he comprobado que en ninguna de sus acepciones la frase refiere a una realidad o situación de hecho.
Desde que me separé pasé por varias fases, depresión, ansiedad, expectativa, emoción, depresión otra vez, y seguramente varias cosas más. Es decir, pasé por estadíos de negatividad tanto como de positivismo y ambos me dieron iguales resultados. Nadie me trató mejor estando bajos los influjos del sentimiento de feliz cumpleaños. Tampoco, y esto es muy importante, atraje ninguna cosa positiva con mi buena actitud. Con ésto no quiero decir que vivamos negativos, porque supongo que la gente positiva debe vivir un poco más amenamente pero creo que es necesario desmitificar. Como mínimo, no es una verdad indiscutible.
Por otra parte, en algún momento, cuando me estaba por separar o recién separada –no recuerdo- alguien me sugirió modificar mi exterior para afrontar la nueva fase de soltería que se avecinaba. Siempre fui una fuerte detractora de esta concepción de que para levantar hay que estar pipí cucú. Creo que estar súper linda y flaca puede favorecerte pero, en definitiva, no sólo las flacas y lindas levantan. Necesario no es, además, está la evidente cuestión ideológica de ser fiel a mi voluntad de desmontar los nefastos ideales de belleza de esta inmunda sociedad. También pienso que si alguien te levanta porque estás re flaca, súper maquillada y arreglada, no puede más que ser un pastel o, más bien, un pelotudo. Como si la cosa pasara por ahí. Repito, puede favorecer porque eso llamará la atención en una primera instancia, pero nada más. De todos modos, como es inevitable, desde que estoy soltera bajé mucho de peso-pasa siempre, independientemente de nuestra voluntad-, me hice un corte de pelo con onda, me cambié los anteojos y algunas cosas más. No porque creyera que hiciera falta, sino que todo cambio va acompañado de muchos más. Después de cuatro años de relación, necesitaba un makeover para entrar a una nueva etapa de mi vida –que también incluye cambios laborales y facultativos. La necesidad vino sola, no porque estar soltera me lo demandara. A veces uno precisa una lavada de cara. Ahora bien, puedo decir que estoy muy conforme con los cambios pero también que no modificó en nada mi relación con el exterior. No, sigo siendo la piba con poco levante de siempre. Considerando las energías que implica el intento de levante y que, en mi caso, viene resultando infructuoso, decidí dedicarme a cosas más edificantes como leer, estudiar y escribir. 

Conclusión, todo cambio, actitudinal, conductual, aspectual, hacelo porque a vos te pinte, porque de seguro no te garantiza el éxito.

viernes, 20 de febrero de 2015

Boludeces no

"La esperanza es lo último que se pierde", dicen, y yo me pregunto hasta qué punto eso es bueno. La esperanza y la ilusión son armas de doble filo y todos lo sabemos. Pero hay un agregado, la mayoría de las veces, las cosas no salen como queremos. Y sí, lo digo sin ninguna base ni sustento empírico de comprobación, sino más bien por inferencia lógica. Si a todos la mayoría de las veces las cosas les salieran como quisieran habría bastante menos gente infeliz en el mundo (me refiero siempre a problemáticas menores, no del tipo pasar hambre o tener enfermedades terminales, lógicamente). Trabajamos en cosas que no queremos, no ganamos lo que queremos, si nos dedicamos a lo que nos gusta por lo general no nos da mucho rédito económico, raras veces las relaciones con las personas que quisiéramos funcionan, en fin, lo que todos sabemos. Entonces me pregunto, ¿por qué demonios insistir con esta pelotudez del optimismo? Ya alguna vez me referí acá a la gente excesivamente optimista, que me satura las neuronas. Sin embargo hay gente que no es tan así pero, con candidez e ingenuidad, comete el terrible y nefasto error de de tener ilusiones. Y, claro está, a veces soy una de esas personas. Y miren que hago todo el esfuerzo del mundo por sofocar esos arranques ridículos de confianza en que "todo va a salir bien" pero no hay lola, a veces se filtran. Claro que no ayuda tener un séquito de personas que te insisten en ese modus operandi de la esperanza sin comprender que lo tuyo no es puro negativismo sin sentido sino más bien la manera más racional que encontraste de sentirte menos como el orto cuando las cosas no funcionan. Porque es evidente, si las cosas salen mal te vas a sentir mal pero si pensabas que seguro iban a salir bien y no, te puedo asegurar que es como darte la cara contra un muro de asfalto que estuvo todo un día expuesto al sol irradiante de un verano porteño. O sea, una cagada marca cañón. La ilusión hay que dejarla para esas personas que en rigor no la necesitan porque quién sabe a razón de qué nacieron con la gracia divina de conseguir lo que quieren. Porque si algún ser osa decirme que si lo consiguen es porque lo merecen o porque hicieron esfuerzo le tiro un flechazo inmediatamente (sí, hago tiro con arco). El mundo no funciona así, hay gente a la que le toca y hay gente como yo, y muchos más, que por onda que le pongamos no llegamos a ningún lado. Para nosotros, la ilusión es muy complicada porque inmediatamente (o peor, no inmediatamente, con lo cual tuviste más tiempo de ilusionarte) viene el baldazo de agua fría. Pero fría fría eh, como si te lo tiraran en medio de un invierno nórdico. Mejor ser realistas, o negativos si así lo prefieren, de última si después sale bien te sorprendés y si sale mal bueno, te pondrás triste pero al menos te lo veías venir. Al pan, pan y al vino, vino. O mejor, guardate el pan y pelá el tinto, que es la mejor manera de sobrellevar la mala suerte. 

martes, 20 de enero de 2015

Somos carne de cañón

Somos carne de cañón. Somos los que lloramos, somos los que luchamos, somos los que escupimos, somos los que gritamos, somos los que, a veces, también callamos. Somos los que aceptamos hasta que resistimos. Somos la sangre, somos la transpiración, somos el dolor. Arriba, ellos festejan, ellos se ríen, ellos no sufren porque son quienes de todo sacan su tajada. Son ellos los que del hambre sacan provecho, de la esperanza sacan provecho, de la dulce ingenuidad y, a veces, de la obtusa obsecuencia. Y nosotros, de abajo, miramos. Porque seremos nosotros siempre la carne de cañón, los que tengamos que poner cuerpo y alma para hacer resurgir lo marchito, o para evitar el hundimiento total. Seremos nosotros quienes estemos cuando los castillos de arena se derrumben. Ellos ya estarán lejos. Todo para que luego vengan otros a vendernos más discursos de cristal que pretendan adornar la putrefacción reinante y, una vez más, volver a ser carne de cañón. Pero lo seremos dignamente. Porque ellos tendrán todo, pero lo que nunca tendrán, serán nuestros principios. 

viernes, 16 de enero de 2015

Las ventajas del subdesarrollo

Vivir en un país subdesarrollado tiene sus bemoles pero también nos impone adquirir una serie de habilidades de las que seguramente los civilizados seres habitantes del primer mundo adolecerán. Sí, tenemos villas por todos lados; sí, tenemos más robos; sí, tenemos brechas sociales y económicas enormes; sí, tenemos clases medias que quieren cagar más arriba de sus cabezas; no, no tenemos tampones; ¡pero a que ellos no pueden leer y resumir en uno de nuestros colectivos! ¡JA! El asunto de las extensas distancias que, por lo menos en Buenos Aires, debemos recorrer, sumado al caótico tránsito lento que va emporando con los años genera que debamos desarrollar la adaptablidad necesaria para aprovechar productivamente los trayectos. Hasta acá bien podría no haber tanta diferencia, porque supongo que por ordenaditos que sean, en gran parte de las ciudades primermundistas también habrá alguna saturación. Pero hete aquí que nosotros tenemos el desafío agregado de contar con la delicadeza extraordinaria de conductores que creen que un colectivo es lo mismo que un auto. Frenan como si la inercia no existiera, doblan como si llevaran un vehículo de dos ejes, bueno, todo lo que ya sabemos. Si a eso le sumamos el maravilloso estado del pavimento porteño, hacemos cartón lleno. En estas circunstancias, el mero hecho de no caerse es una ardua tarea solo asimilable a pararse en un samba, pero menos divertido. Ya llegar a destino cuando te toca ir parado es merecedor de alabanzas. Ahora, si uno logra la odisea de viajar sentado, acá viene lo bueno. Si vas a estar un buen ratito, hay que aprovecharlo: o dormís o leés. Me maravilla lo que hemos conseguido, podemos dormir, leer o incluso escribir en un medio que salta, se sacude, frena de golpe, te tira de un lado al otro y que, además, en verano te cagás de calor y en invierno te cagás de frío. Podemos sumarle también, en algunas ocasiones, una buena cumbia proveniente de un celular sin auriculares enchufados.

No jodamos, esto como mínimo nos vuelve dignos de admiración. Que me vengan a hablar de primer mundo, ser grosos es esto.

viernes, 9 de enero de 2015

Lo no convencional



Lo convencional no es para todos y, de la misma manera, lo no convencional es para pocos.  La diferencia, por lo general, es que lo no convencional conlleva otro desgaste. La misma palabra lo indica, lo convencional es aceptado, aceptable, es lo que el status quo habilita como "normal" y lo que se sale de ese marco normativo asusta y como asusta, se lo trata de sofocar.
Yo fui poco convencional siempre, y esto no lo digo como un valor en sí mismo (aunque tengo que reconocer que me alegro de ser así y que es algo que valoro en otras personas), para mí sencillamente no es una opción. En ningún momento lo elegí, simplemente sucedió. Al jardín, como buena torta en potencia, me llevaba una pelota, en casa vaciaba cajones y me metía dentro (porqué, nadie sabe), en las fotos nunca una cara normal. A los ocho años decidí que me quería cortar el pelo corto y así lo hice, y me importó un carajo que "las nenas usan el pelo largo". Tal y como dijo mi vieja hace días nomás, siempre fui determinada, siempre. Lo que quise lo hice, y lo que quería por lo general no era lo esperable. De más grande ya, me volví discutidora, contrera, y creo que así seré hasta el último día (por suerte). Afortunadamente tuve unos padres bastante progres que respetaron (con mayor o menor dificultad) cada decisión que tomé, por ridícula que les pareciera, porque ese era mi signo personal y también porque, seguramente, sabían que me daría exactamente igual que no lo respetaran. Lo mismo lo iba a hacer.
Hoy en día, me encuentro en la misma disputa de siempre, entre lo que la sociedad espera y lo que yo deseo y, una vez más, seré consecuente conmigo misma. Porque, al fin y al cabo, ¿qué hizo la sociedad por mí? Nada, sólo estereotiparme, discriminarme, excluirme. Y hasta donde llegué fue por pura fuerza de voluntad. Hace poquito, una amiga me comentaba que cree que éste no es momento para formar una relación, algo así que porque las relaciones, bajo el paradigma existente, se rigen bajo ciertas pautas con las que no concuerda, o no le interesan. Es decir, no comparte el paradigma de pareja que la sociedad, habitualmente, maneja. Si bien, evidentemente, estoy de acuerdo con que es preferible estar sola que circunscribirse a una lógica de relaciones que no comparto, es decir que me parece mejor estar sola que aceptar ciertos marcos normativos que la mayoría de las personas manejan, llego a otra conclusión: creo que otra alternativa es posible (si bien no probable). Supongo, al menos en teoría, que es posible establecer marcos propios y formas propias y si los demás no los comprenden, pues allá ellos. El quid de la cuestión es encontrar esa persona compatible que esté dispuesta a manejarse fuera de lo establecido y a crear una lógica propia y especial. Es algo harto difícil (y seguramente harto improbable), sin lugar a dudas, pero no imposible. Prueba cabal de ellos somos nosotras dos que, básicamente y hablando mal y pronto, nos cagamos en lo  que los demás opinan y hacemos nuestras propias no-normas. Esperemos no ser las únicas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Indiferencia es complicidad

Hay quienes dicen que soy demasiado sensible, algunos como crítica, otros como virtud. Como todo en la vida, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. ¿Qué pienso yo? Que a veces, muy frecuentemente, es desgastante pero, en el fondo, agradezco ser así. Lo agradezco porque me permite no ser indiferente, porque me hace no quedarme callada frente a lo que veo alrededor, mal que, desgraciadamente, abunda en nuestras preciadas sociedades individualistas. Veo con tristeza como a mucha gente no le importa absolutamente nada de lo que no le afecta directamente. Veo como muchos miran para otro lado. 
Desde México nos llega la triste noticia de la desaparición de 43 estudiantes, que se suma a la desaparición de tantos más y muchos ni se inmutan. Aparecen a cada rato fosas comunes llenas de personas, sí, personas que ahora son cadáveres, muchos de los cuales ni siquiera serán identificados. Pensamos en el indiscutible horror de la Segunda Guerra Mundial (así, con mayúsculas) pero de esto, ni mu. 
Asisto, con la más profunda de las angustias, con la incontenible bronca que me rebalsa, a la  noticia de la
aparición del cuerpo sin vida de Luciano Arruga enterrado impunemente como NN y que ahora nos pretenden hacer creer que su fallecimiento fue, pura y exclusivamente, culpa de un accidente vial. Con un escalofrío que me recorre desde el talón a la nuca, leo sobre la aparición del cuerpo, también sin vida, de Franco Casco, flotando en el Río Paraná, de cuya desaparición tantos ni siquiera estarán enterados. Estos hechos horribles (y cuántos más habrá que no logran superar el cerco mediático) no pueden más que recordarme a los más oscuros años de nuestro país, a esas terribles prácticas que tantos compañeros lucharon por erradicar y que, desgraciadamente, no consiguieron. Sí consiguieron, felizmente, que no sea en la brutal cantidad que antes ocurría. Pero aún hoy, somos víctimas de la mafia policial que opera bajo la más absoluta impunidad. ¿Y cómo podría eso no causarme la tristeza que me causa? Hoy veo como a muchos les importa más irse de joda, comprar compulsivamente, estar tranquilos en el mundo de la indiferencia. Porque no, no digo que todos seamos mártires. Todos merecemos disfrutar pero podemos encontrar un punto medio en el cual no sólo nos preocupemos por nosotros. Porque a veces, el silencio es complicidad, porque las cosas no cambian solas. Porque no sólo hay que quejarse y gritar cuando nos tocan a nosotros, por fácil que parezca achacar todos los males de nuestra sociedad a "los negros de mierda". Porque para eso sí se escucha a algunos, sólo para eso, para quejarse de los robos, jamás para quejarse de las instituciones (o sí cuando se trata de la puerta giratoria de las comisarías), porque más fácil es individualizar el conflicto. Más fácil es comerse el verso de que la culpa la tienen lo extranjeros, y que todo se resolverá deportándolos. Mientras, la mafia crece, mientras, el poder crece en la más absoluta desidia social, porque cada vez que miramos para otro lado y callamos, cada vez que sólo nos miramos el ombligo, los responsables políticos por la miseria y la pobreza se enriquecen y se ríen de cómo lograron desviar el eje del problema. Cada vez que ignoramos lo que le pasa a los pibes como Luciano y Franco, que no pudieron comprarse un lugar en el
discurso de la clase media por ser pobres, dejamos que todo empeore. Lamento la indignación que escucho en algunos frente a la "inseguridad", concepto completamente arraigado (gracias al poder mediático) a los robos y muertes cuando "la gente bien" es afectada. Porque nunca se habla de inseguridad cuando los pibes desaparecen en manos de la policía, porque no es inseguridad cuando ellos son torturados, porque no es inseguridad cuando los pobres mueren bajo las manos sucias de los narcos y transas. No, la inseguridad es para la clase media/alta blanca. Esa indignación no aparece frente a las tristes noticias que recibimos en las últimas semanas, porque algunos sólo se preocupan frente a sus cosas y, como no son ni morochos ni pobres, jamás deberán enfrentar a la policía ni a la estigmatización mediática y social. Se indignan frente a la "inseguridad" sólo porque a ellos puede tocarles. 
Así que agradezco ser sensible, agradezco a mis viejos que con paciencia y constancia me enseñaron que cuando hay quienes no tienen voz, nosotros debemos hablar por ellos. 

Ya lo dijo Bretch:

"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por los estudiantes, y yo no me preocupe, pues era parte del sistema.
Luego vinieron por los periodistas, y yo me quedé callado, pues no me interesaba enterarme de nada.
Luego vinieron por los homosexuales y yo ni siquiera quise enterarme, pues soy heterosexual.
Luego vinieron por los negros, pero como soy blanco, tampoco hice nada.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie al que le importara ni que quisiera hacer nada por mí."

lunes, 20 de octubre de 2014

El mundo del revés



El mundo del revés no es aquel en el que los peces vuelan, no es aquel en el los gatos dicen yes, no es aquel que desafía las leyes de la física (lamentablemente), no es aquel en el que dos y dos son tres. En el mundo del revés dos y dos son cuatro y tener plata es lo que importa. En el mundo del revés importa más lo individual que lo colectivo, cada uno cuida su ranchito y sólo protesta cuando le tocan lo suyo. En el mundo del revés el que no enloquece por comprar ropa nueva es raro, el que no quiere gastar cuatro lucas en un celular es raro, es más, es rata.  En el mundo del revés el que elige no tomarse un taxi, aunque lo pueda pagar, y usar el transporte público es raro y rata.  En el mundo del revés tener una relación abierta es extrañísimo, es amoral, pero mentirle a tu pareja es lo lógico y natural. En el mundo del revés ser gay es amoral pero discriminar es natural. En el mundo del revés la sinceridad no importa, la honestidad no importa, la integridad no importa, la humildad no importa. En el mundo del revés importa el consumo, importa el ego, importa la comodidad. El mundo del revés es aquel de la extrañeza para con el otro, es aquel del prejuicio. ¿En qué momento nos pareció que esto era lo lógico?
Yo, claro está, no querría un mundo del derecho, porque qué horror sería eso, pero quisiera un mundo sin lados, sin normales y sin raros, sin correctos e incorrectos. Mejor sería un mundo sin formas establecidas, sin imposiciones incuestionables. Y lo que nos toca a los que percibimos la hipocresía del mundo en que vivimos es subvertir el derecho y el revés para, de una vez por todas, crear nuestras propias normas.   

jueves, 25 de septiembre de 2014

Patriarcalismo y patetismo

En los últimos días nos topamos una vez más con una noticia escabrosa: la muerte de Melina Romero. El caso ya tomó público conocimiento y no es mi intención ahondar en los horrorosos detalles del crimen sino reflexionar sobre algunos puntos de la cuestión, como-por suerte- ya lo han hecho otros. Cito una frase por demás acertada del ensayo que se publicó en la Revista Anfibia: "vivimos en sociedades que enseñan a las niñas a no ser violadas en lugar de enseñar a los varones a no ser violadores."(http://revistaanfibia.com/ensayo/la-mala-victima/)  Dicho y hecho. La sociedad patriarcal en la que vivimos asume que la mujer se debe comportar de determinada manera: ser recatada, es decir "no vestirse como puta", no "actuar como puta" pero tampoco ser una "frígida". Cuando una mujer está con mala actitud es que "es una malcogida". Las mujeres que son feministas seguramente serán lesbianas resentidas. Hay que afrontarlo, estamos en el siglo XXI, más específicamente en el 2014, y aún hoy debemos enfrentarnos a categorizaciones horriblemente burdas, discriminatorias y subyugantes. Cuando la mujer se valora, asusta. Cuando se defiende, asusta. Cuando se vale por sí misma, asusta. Cuando disfruta su sexualidad, asusta. 
El tratamiento que se dio de parte de muchos medios al caso de Melina es prueba cabal de que aún faltan años para que las mujeres sean tratadas con equidad frente al tratamiento que reciben los hombres. Para Melina, la situación fue aún peor: era pobre. Y ser mujer y pobre te convierte en un ser doblemente estigmatizado. No sólo era pobre, era mujer. No sólo era mujer, era pobre.  Uno de los medios que se destacó por su patético tratamiento fue Clarín, como señalaron correctamente los profesores de Melina. La nota es miserable, es misógina y es elitista. Cuando la leí, días atrás, aún no sabía que se trataba de una joven desaparecida por lo que me espantó encontrarme con que su desaparición gracias si se mencionaba dentro de toda una amplia descripción que mostraba cómo su vida "no tenía rumbo". Ante todo, estamos hablando de una chica de 17 años, ¿cómo podemos decir que la vida de alguien no tiene rumbo a esa edad?. Pero eso no es lo peor, no. Lo que se destaca es que no trabaja, no estudia, sale todo el tiempo, es RRPP de un boliche "para no pagar", tiene amigos más grandes, tiene piercings, vive en una casa humilde...y algunas cuantas cosas más. Todos esos datos son los que se desarrollan en la basura de nota que decidieron titular "Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria", como si eso fuera lo que importara. Como si el detalle nimio de su desaparición no importara nada, porque ¿qué importa la vida de una mujer pobre que seguramente se buscó su suerte?. Porque lo que esconde toda esa caracterización exhaustiva del estilo de vida censurable -a su modo de ver- es eso, que, en definitiva, era esperable que pudiera desaparecer, que "se lo buscó". De más está decir que la vida de Melina no era tan distinta a la de cualquier adolescente, ¿quién me puede decir con total honestidad que no fue a bailar de noche hasta los 18? Seguramente muy pocos. Yo, por mi parte, lo hacía. Yo tengo piercings, y me hice el primero a los 15 años, ¿eso me volvería responsable si algo me sucediera? ¿Por qué debo tener un aspecto pulcro para merecer ser una víctima lamentable y no una víctima bastardeada? El hecho de que una mujer sea violada es nefasto en cualquier circunstancia, se ponga lo que se ponga, se comporte como se comporte. Jamás lo merece. Una mujer, como cualquiera, debería poder comportarse y vestirse como se le diera la puta gana sin ser cuestionada por esta sociedad machista que asume que debemos usar pollera -pero no demasiado corta-, remeras que dejen ver que somos mujeres-pero no demasiado escotadas-, tacos -pero bien combinados, para no "parecer puta"-y maquillaje -pero no excesivo. Porque sino te arreglás sos una dejada pero si andas medio en pelotas y maquillada como una trola y bueno, qué esperas que te pase. 
Que Melina abandonara el colegio es un hecho no tan extraño teniendo en cuenta su difícil situación familiar, en vez de estigmatizarla por hacer algo que muchos adolescentes quisieran hacer -porque, lo lógico es que uno, siendo adolescente, no piense en la importancia de tener una educación de la misma manera que un adulto-hubiera sido deseable que se produjera una reflexión sobre la importancia de la contención social para los jóvenes y, aún más, sobre el alarmante número de muertes de mujeres que existe en nuestro país. 
Pero no, más importante fue contar todo lo malo que hacía Melina. Como si eso justificara el crimen. Como si el comportamiento de una mujer justificara su abuso, su muerte. 
Lo importante no es que la mujer se comporte "bien" sino que el hombre entienda que la mujer no es un objeto para su satisfacción cuando él lo desee. El censurable es el victimario, no la víctima. La importancia de la víctima no debería ser en relación ni a su sexo ni a su estrato social -porque como bien señala la Revista Anfibia, otro tratamiento fue el que mereció Ángeles, una chica clase media de Palermo. Los medios de comunicación tienen una importancia social frente a la cual deberían actuar con responsabilidad, son partes de la sociedad civil que podrían fomentar la igualdad y la reflexión pero, lógicamente, trabajan en función del sistema que los sostiene, apañan el machismo, la violencia y la discriminación.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Zapateando



Esa tarde iba un poco ensimismada, pensando en el mundo, la vida…o sea, la nada misma. Tampoco era tan raro, a menudo me encuentro a mí misma pensando sobre la inmortalidad del cangrejo. Pienso, divago. De más está decir que no suelo llegar a conclusiones extraordinarias, es por el mero hecho de pensar. Ese día, como tantos otros, pensaba en cómo tomamos por obvias tantas cosas. Las tomamos por dadas, y pienso que hasta ahora mucho resultado no nos dio. Aparentemente, hay cosas que son indudables. Bueno, pero ¿debería ser así? Claro, yo digo que no me gustaría tener hijos (ni ahora ni a futuro, aunque uno nunca sabe) y la gente me mira como bicho raro. Digo que no sé si quiero traer una persona a este mundo que, desde donde se mire, es injusto, además de que no me mueve un pelo de interés el tener que ocuparme de cosas tipo “colegio”, que para algo ya terminé, y parezco una loca. ¿Será que es obligatorio querer un modelo de familia x? Y claro, si es lo que nos viene de arriba. Y cuando digo que un tiempo tuve una relación abierta con mi pareja y si fuera por mí la seguiría teniendo, ufff, ahí parece que fuera el anticristo. Nadie puede plantearse si tal o cual cosa es lo que quieren o es que recibieron esos modelos de vida y comportamiento y sencillamente los están continuando sin cuestionamiento alguno. ¿No habría que dudar más o, al menos, problematizar lo que nos dicen y enseñan?
En esas andaba, como de costumbre, cuando vi algo en el piso que me llamó la atención. Raro, porque cuando estoy con esas cuestiones existenciales no me percato ni de por dónde voy, ni de si la calle se está prendiendo fuego. Un buen día me van a atropellar, sí. Pero ahí estaba, un zapato. Sí, un zapato, así solito como quien no quiere la cosa. Era un zapato de taco, de esos que uso cada muerte de obispo porque no puedo entender que las mujeres por propia voluntad (aunque detrás, como todos sabemos, está el condicionamiento social) se hagan eso a sí mismas. Yo me llevo bien con las botas con un taco sutil, es decir, el que se debe usar para no destrozarse la columna. Pero no, el 90% de las mujeres insisten en ponerse tacos que bien podrían pulverizarles los tendones. Este era un zapato de este estilo. Sin saber bien porqué, me lo llevé. No sé, me llamaba la atención. Ya en casa lo puse sobre la mesa y lo miré. Lo miré y lo miré como si quisiera decomponerlo en moléculas. En ese momento pensé que porqué si dudo de todas las normas sociales que me fueron dadas no dudo de lo mas básico. ¿Y si ese zapato no existía? ¿yo cómo sabía que todo eso era real?. Cuanto más lo miraba más me daba una sensación de extrañeza, y todo eso me parecía un poco un sueño. En un sueño podía ser muy lógico encontrarte un zapato por la calle y llevártelo, pero no era lo propio de mi vida real. Bueh, “mi vida real”, “¿y yo cómo voy a saber si mi vida es real o no? Por todo lo que sé, mis sentidos bien podrían estar engañándome, bien podría estar soñando y despertarme en cualquier momento”, pensaba. Al fin y al cabo los sueños nos parecen igual de reales en el momento. Todo esto disparado por un bendito zapato. Está bien, yo ya venía con el ánimo preparado para los divagues existenciales pero semejante cosa, ya de dudar de lo que tengo en frente, nunca me había pasado. Evidentemente por lo que sentía no podía estar segura, “pero al menos estoy pensando”, me decía, “y si estoy pensando el zapato entonces el zapato debe existir”. 
Por suerte, al rato recibí un llamado. Pablo, mi fiel cómplice en asuntos de la metafísica. A casi cualquier persona todo esto le parecería una estupidez o delirio de intelectualoide, pero Pablo entendía. Y, para mejor, me llamaba para ver si nos juntábamos con Gabi esa tarde. Me vino como anillo al dedo. Gabi era la tercera mosquetera de la filosofía casera. 
Un par de horas más tarde estaba en el café de siempre, esperándolos, zapato en mano. Unos minutos después estábamos los tres. Sin mucho miramiento, tras haber pedido una cerveza, pasé al tema que me aquejaba, que además era ineludible ya que el objeto estaba en el medio de la mesa esperando que alguien explicara su presencia.
Les conté toda la secuencia, y los pensamientos que me había generado. No es que pretendiera resolver nada, sencillamente quería compartirles lo que un simple objeto había generado para empezar una de esas maratónicas discusiones que teníamos cada vez que nos juntábamos. Pablo, después de escucharme divagar atentamente, sentenció: 
-Tu problema es que ves al zapato como externo, como algo ajeno. Bueno, como ves todo. Por eso vivís angustiada, todo para vos está más allá y buscas entenderlo, pensarlo. ¿Y a vos quién te dijo que las cosas no tienen nada que ver con nosotros, o que nos relacionamos con ellas sólo por pensarlas?-. 
Lo miré un poco desconfiada, Pablo últimamente venía con ese vicio posmoderno de la meditación, el yoga y yo que sé cuánto y se regodeaba dándome lecciones de cómo vivir mejor. Cortante, lo interrumpí: 
-Ya sabía que me ibas a salir con eso, y qué, ¿me vas a decir que te sentís uno sólo con tu celular ahora? Dale, Pablo, que en este mundo capitalista no se puede ser budista, con versito y todo te lo digo-.
-Bueno, no sé si tanto, sé que en esta sociedad y habiéndonos criado así cuesta, pero a lo mejor deberíamos tratar de pensar lo que nos excede un poco menos como objetos y un poco más como parte nuestra. Seguramente así terminaríamos siendo un poco más afectuosos con el medio ambiente y lo que nos rodea-. 
Gabi, que hasta ahora sólo nos miraba, saltó: 
-A mí me inquieta más pensar cómo llegó ahí, seguramente alguna historia hay detrás. Capaz eso que te generó tiene que ver con la persona que lo tuvo, como que le dejó algo impreso. No sé, un halo de afectividad, si se quiere. Habría que ver un poco más el contexto, a vos este zapato te generó todo esto porque ya venías, como siempre, medio mambeada con el ser y todo eso, por ahí para la “dueña”, en realidad probablemente, tenía otro significado. Y habría que ver la situación, porque esa persona está relacionada con su entorno…es una parte de todo un sistema-.
-Bueno, ya eso me parece un poco mejor, Gabi, porque estás viendo no sólo al objeto, sino que estás tratando de entender un poco el todo. Igual me parece que lo seguís viendo como algo externo, para mí esto es un Todo, no sé si hay que tenerlo como algo aparte, al margen, si en definitiva todos somos parte de este mundo, todos y todo. Es como una gran cosa indiferenciada. No sé si deberíamos hacer tanta distinción entre exterior e interior, no sé…¿importa tanto esa diferencia?-.
-Bueno, claro, es todo un sistema y no somos sujetos individuales, bah, sí, pero parte de un sistema, no podemos negarlo, y hay que ver qué era este zapato en éste. Acá tenemos un extracto de ese sistema que nos podría dar una referencia de algo más amplio-.
-Está bien, no digo que no sea válido lo que plantean, aunque Pablo ya sabés que esa versión tan feliz y conciliadora con lo exterior me parece muy linda pero utópica (y por ende, un tanto impracticable), pero acá los que estamos somos nosotros y en definitiva somos los que estamos pensando todo esto, y no veo como podemos acceder al contexto, porque no podemos dar con quién lo perdió así no sea poniendo carteles por la zona al estilo “se busca” o “zapato perdido busca a su dueño desesperadamente”, y dudo seriamente que alguien responda a dicho anuncio. Lo que sí podemos hacer es pensarlo nosotros…y tampoco me veo muy próxima a sentir este zapato como parte de mí, con el cual no tengo nada que ver, ni tengo ningún afecto por él, pero que por uno de esos gajes del destino me crucé, tal vez como una forma de Dios para que yo pueda probarme a mí misma que existo así sea sólo porque puedo pensar todas estas cosas-.
-No me vas a decir que siendo tan escéptica y afecta a privilegiar tu cerebro por sobre tus sentidos te creés que DIOS te puso esto en el camino…-
-Ya sabés cómo soy Gabi, me las doy de moderna y progre y a veces me saltan estas dudas, hasta hipótesis te diría…no sé, pienso que por ahí todo está un poco más reglado de lo que creo. Mirá no sé si fue casualidad, lo puso un ente superior o qué, lo que sé es que me crucé con esto y acá estoy, discutiéndolo, pensándolo con ustedes y, en definitiva, lo que importa es eso, que puedo pensarlo.- 
-Pero yo no puedo dejar de pensar en que esto forma parte de algo más, que es parte de un sistema, que tendríamos que saber el contexto, que no podemos quedarnos sólo con el objeto en sí-.
-Es que ES parte de un sistema, de un Todo, esto, vos y yo, somos un todo. Nosotros estamos en comunión con él, YO estoy en comunión él. No puedo verlo de otra forma, es como que estamos fusionados, esto no es un zapato sin más, seguramente también tiene un “espíritu”, por decirlo de algún modo…-
Así siguió y siguió la charla unas cuantas horas, hasta que prácticamente ardieron las velas. Lo que acá repongo es un fragmento prácticamente textual, porque yo para estas cosas tengo una memoria cuasi eidética, que me permite recordar cómo fue un intercambio sobre los zapallos y su esencia, o bien, sobre un zapato de taco. La realidad, es que esa noche me volví con el susodicho y mi cabeza estallando de ideas e hipótesis pero ninguna cosa clara, o tal vez sí, aunque sólo fuera el hecho (y la tranquilidad) de que existo porque puedo pensar en todo esto, si bien no es nada muy relevante para el destino de la humanidad. 


Una semana después, deshice mis pasos y reconstruí el camino que había hecho con el zapato, hasta dar con el punto exacto en el cual lo había encontrado. Miré para todos lados y saqué el zapato de mi morral, atenta a la posible aparición de alguien. Nadie llegó. Dejé el zapato en la misma posición que lo había encontrado, acostado, y me fui sin mirar atrás confiando en que otra persona se tropezara con él.

viernes, 8 de agosto de 2014

Tres tristes tigres



Tres tigres aguardaban por una presa. El primero, de tanta hambre que sentía, esperaba agazapado, ansioso, el avistaje de algún animal que por allí se acercara. El segundo sabía que, como tigre, se esperaba que cazara y que, eventualmente, le daría hambre, por lo que aguardaba pero con poca expectativa. Por otra parte, él quería, fervientemente, ser como su hermano. El tercero no sentía ningún interés, tan sólo acompañaba a los otros dos. Tal era su letargo que sus ojos se entrecerraban.
Unos cuantos metros más allá una liebre exultante decidía salir a dar saltos por los pastizales, aprovechando la mañana de sol radiante que hacía. Tan enfrascada y divertida se encontraba que no vio que se acercaba a los tres tigres. En su ser todo era inmediatez, ni por un momento percibió el gris destino que se avecinaba.
El primer tigre la vio rápidamente y comenzó a calcular sus movimientos. El segundo, al ver que el primero se preparaba, lo imitó. El primero se relamía pero, siendo aún inexperto en asuntos de caza, no se animaba a proceder. Sabía de la expectativa de todo su clan y temía defraudarlos. El segundo, como lo admiraba mucho, jamás osaría tomar la iniciativa, eso correspondía pura y exclusivamente al primero. El tercero aún ni se percataba de la presencia disruptiva del pequeño mamífero, tan sólo notaba un movimiento a su lado pero pensaba que sería de pura ansiedad de sus hermanos.
Entre tanto la liebre, feliz, seguía su camino. Saltaba y saltaba, como si nada más existiera.
Eventualmente, el tercer tigre vio a la liebre. Pero nada de lo que se suponía que debía ocurrirle ocurrió. No sintió ningún deseo de acercarse a ella, ningún impulso de despedazarla y saborear su carne. Ninguno en absoluto. No sólo eso sino que sintió que jamás había visto alto tan bello, algo tan simple. La felicidad pura, allí frente a él. Era la primera vez que lograba salir de ese letargo que creía infinito. Una lágrima rodó por su rostro sin que siquiera lo notara. Pero en ese momento, en el breve instante que pasó entre que la lágrima salió de su ojo para finalmente tocar el piso, el primer tigre se abalanzó seguido, por supuesto, de su hermano, ese que en todo lo imitaba. Él quiso cerrar sus ojos pero no pudo, simplemente no pudo. Y mientras la sangrienta escena se desarrollaba frente a él, inmóvil, supo –aunque todos crean que los animales no razonan- que jamás sería el mismo.

miércoles, 16 de julio de 2014

Memorias del suicida

El suicida piensa así, siempre con la alternativa en puertas. El suicida no tolera el fracaso, por eso la más nimia falla puede resucitar la idea, porque una vez que la idea germinó siempre está latente. Pero la nimiedad sólo puede impulsar la idea, no el acto. Para eso hace falta más, porque en verdad el suicida tiene miedo, sino ya se habría suicidado o, al menos, lo intentaría una y otra vez. El suicida tiene miedo de la vastedad, de la inmensidad de la muerte, del no saber. Por eso vive con la idea que lo carcome desde adentro, sin poder llevarla a cabo. En un punto es tranquilizador, en un punto angustiante. Lo que lo angustia es no poder tener la vida que quiere pero no encontrar solución mejor que esa, lo angustia no saber pedir ayuda y tener que recurrir a la dramática decisión. Lo angustia sentir que no lo van a entender, que lo van a juzgar. La tranquilidad es la otra cara de la moneda, el saber que existe esa última alternativa cuando la angustia se convierta en él.
El suicida puede ser de dos maneras, mostrar a las claras con sus actitudes que es un suicida potencial o disimularlo, armarse una pantalla que sólo deje ver un lado de él, ese lado que sí quiere vivir. Por momentos su otro lado se filtra, es inevitable, pero hará todo lo posible por soslayarlo para que nadie perciba la idea que lentamente va creciendo en él.

El suicida vive en lucha permanente, todo se reduce a quién la gana.